Espacio de Salvador

"siempre llenos de buen ánimo"

Archive for noviembre 2010

Canto "Nunca más servir a señor que se pueda morir", sobre un texto de San Francisco de Borja

with 2 comments


Nunca  más servir a señor que se pueda morir - San Francisco de Borja

Texto de la acción de gracias: Oración de san Francisco de Borja completo.

Audio: Nunca más servir a señor que se pueda morir – San Francisco de Borja.mp3

Nota: la grabación es un poco rudimentaria.

Anuncios

Written by Salvador Carbó

19 noviembre, 2010 at 10:31

Nueva versión del "Resucitó"

with 3 comments


 

Se ha publicado recientemente el cantoral con los Cantos del Camino. Este es el documento RESUCITO19Edicion2010.

Publicamos a continuación la nota al mismo.

NOTA A LA DECIMONOVENA EDICIÓN

Queridos hermanos,
Con esta nueva edición del libro de cantos del Camino Neocatecumenal hemos finalizado la revisión que ya iniciamos en la decimoctava edición anterior, y que confiamos contribuya a realizar con mayor fidelidad y amor este servicio de cantores, mediante este tesoro que son los cantos del Camino.
En esta nueva edición hemos incorporado todos los cantos que Kiko ha compuesto y enseñado en las convivencias de inicio de curso de los últimos años; hemos introducido algunos cantos y estrofas inéditas que hemos recuperado de grabaciones archivadas en el Centro Neocatecumenal, y que con el paso del tiempo se habían perdido; hemos ajustado, corregido y mejorado la estructura de los textos de todos los cartones con el objetivo de facilitar la lectura y ejecución del canto; adicionalmente, hemos incorporado algunos cantos que no se habían traducido al español y que formaban parte del libro de cantos en Italia.
Notaréis que en esta edición hemos reorganizado un conjunto numeroso de cantos, cambiándolos de posición y color; tenéis a vuestra disposición en la página siguiente el detalle completo. Esta nueva clasificación persigue una clasificación más ajustada a cómo los hermanos van recibiendo los cantos de sus catequistas, a medida que la comunidad avanza en las distintas etapas y pasos del Camino; para realizar esta clasificación nos hemos basado en las Orientaciones a los equipos de catequistas.
Como siempre tenéis a vuestra disposición la Secretaría del Centro para comunicar cualquier incidencia o sugerencia que contribuya a mejorar este instrumento al servicio de la comunidad.

Centro Neocatecumenal Diocesano de Madrid
Octubre 2010

Written by Salvador Carbó

17 noviembre, 2010 at 10:37

El auténtico arte sacro

leave a comment »


Por Rodolfo Papa*
El arte sacro tiene la tarea de servir con la belleza a la sagrada liturgia. En la Sacrosanctum Concilium está escrito: “La Iglesia nunca consideró como propio ningún estilo artístico, sino que acomodándose al carácter y condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creando en el curso de los siglos un tesoro artístico digno de ser conservado cuidadosamente” (n. 123).
La Iglesia, por tanto, no elige un estilo; esto quiere decir que no privilegia el barroco o el neoclásico o el gótico, sino que todos los estilos son capaces de servir al rito. Esto no significa, evidentemente, que cualquier forma de arte pued a o deba ser aceptada acríticamente, de hecho en el mismo documento, se afirma con claridad: “la Iglesia se consideró siempre, con razón, como árbitro de las mismas, discerniendo entre las obras de los artistas aquellas que estaban de acuerdo con la fe, la piedad y las leyes religiosas tradicionales y que eran consideradas aptas para el uso sagrado” (n. 122). Resulta útil, por tanto, preguntarse “qué” forma artística puede responder mejor a las necesidades de un arte sacro católico, o lo que es lo mismo, “cómo” el arte puede servir mejor “con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia”.
Los documentos conciliares no derrochan palabras, y sin embargo dan directivas precisas: el arte sacro auténtico debe buscar “noble belleza” y no “mera suntuosidad”, no debe contrariar a la fe, las costumbres, la p iedad cristiana, u ofender el “genuino sentido religioso”. Este último punto viene explicitado en dos direcciones: las obras de arte sacro pueden ofender el sentido religioso genuino bien “por la depravación de las formas”, es decir, formalmente inoportunas, o “por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del arte” (n. 124). Se requiere al arte sacro la propiedad de una forma bella, “no depravada”, y la capacidad de expresar de forma apropiada y sublime el mensaje. Un claro ejemplo está presente también en la Mediator Dei, en la que Pío XII pide un arte que evite “el realismo excesivo por una parte, y por otra, el exagerado simbolismo” (n. 190).
Estas dos expresiones se refieren a expresiones históricas concretas. Encontramos de hecho “excesivo realismo” en la compleja corriente cultural del Realismo, nacido como reacción al sentimentalismo tardorromántico de la pintura de moda, y que podemos encontrar también en la nueva función social asignada al papel del artista, con peculiar referencia a temas tomados directamente de la realidad contemporánea, y también además la podemos relacionar con la concepción propiamente marxista del arte, que conducirán a las reflexiones estéticas de la II Internacional, hasta las teorías expuestas por G. Lukacs. Además, hay “excesivo realismo” también en algunas posturas propiamente internas a la cuestión del arte sacro, e sea, en la corriente estética que entre finales del siglo XIX y principios del XX propuso pinturas que tratan temas sagrados sin afrontar correctamente la cuestión, con excesivo verismo, como por ejemplo una Crucifixión pintada por Max Klinger, que ha sido definida como una composición “mixta de elementos de un verismo brutal y de principios puramente idealistas” (C. Costantini, Il Crocifisso nell’arte, Florencia 1911, p. 164).
Encontramos en cambio “exagerado simbolismo” en otra corriente artística que se contrapone a la realista. Entre los precursores del pensamiento simbolista se pueden encontrar G. Moureau, Puvis de Chavannes, O. Redon, y más tarde se adhirieron a esta corriente artistas como F. Rops, F. Khnopff, M. J. Whistler. En los mismos años, el crítico C. Morice elaboró una verdadera y propia teoría simbolista, definiéndola como una síntesis entre espíritu y sentidos. Hasta llegar luego, después de 1890, a una auténtica doctrina llevada adelante por el grupo de los Nabis, con P. Sérusier, que fue su teórico, por el grupo de los Rosacruces que unía tendencias místicas y teosóficas, y finalmente por el movimiento del convento benedictino de Beuro n.
La cuestión se aclara más, por tanto, si se encuadra inmediatamente en los términos histórico-artísticos correctos; en el arte sacro es necesario evitar los excesos del inmanentismo por una parte y del esoterismo por la otra. Es necesario emprender el camino de un “realismo moderado” junto a un simbolismo motivado, capaces de captar el desafío metafísico, y de realizar, como afirma Juan Pablo II en la Carta a los Artistas un medio metafórico lleno de sentido. Por tanto, no un hiperrealismo obsesionado por un detalle que siempre se escapa, sino un sano realismo que en el cuerpo de las cosas y en el rostro de los hombres sabe leer y aludir, y reconocer la presencia de Dios.
En el mensaje a los artistas se dice: “Vosotros [los artistas] la habéis ayudado [a la Iglesia] a traducir su divino mensaje en el lenguaje de las formas y de las figuras, a hacer perceptible el mundo invisible”. Me parece que en este pasaje se toca el corazón del arte sacro. Si el arte, todo arte, da forma a la materia, expresa lo universal mediante lo particular, el arte sacro, el arte al servicio de la Iglesia, lleva a cabo también la sublime mediación entre lo invisible y lo visible, entre el divino mensaje y el lenguaje artístico. Al artista se le pide que de forma a la materia re-creando incluso ese mundo invisible pero real que es la suprema esperanza del hombre.
Todo esto me parece que conduce hacia una afirmación del arte figurativo – o sea, un arte que se empeña en “figurar” la realidad – como máximo instrumento de servicio, como mejor posibilidad de un arte sacro. El arte realista figurativo, de hecho, logra servir adecuadamente al culto católico, porque se funda en la realidad creada y redimida y, precisamente comparándose con la realidad, consigue evitar los escollos opuestos de los excesos. Precisamente por esto se puede afirmar que lo más propio del arte cristiano de todos los tiempos es un horizonte de “realismo moderado”, o si queremos, de “realismo antropológico”, dentro del cual se han desarrollado, en el tiempo, todos los estilos propios del arte cristiano (dada la complejidad del tema, remito a artículos posteriores).
El artista que quiera servir a Dios en la Iglesia, no puede sino medirse con la “imagen”, la cual hace perceptible el mundo invisible. Al artista cristiano se le pide, por tanto, un compromiso particular: el de representar la realidad creada y, a través de ella, ese “más allá” que la explica, la funda, la redime. El arte figurativo no debe tampoco temer como inactual la “narración”, el arte es siempre narrativo, tanto más cuando se pone al servicio de una historia que ha sucedido, en un tiempo y en un espacio. Por la particularidad de esta tarea, al artista se le pide también que sepa “qué narrar”: conocimiento evangélico, competencia teológica, preparación histórico-artística y amplio conocimiento de toda la tradición iconográfica de la Iglesia. Por otra parte, la teología misma tiende a hacerse cada vez más narrativa.
La obra de arte sacro, por tanto, constituye un instrumento de catequesis, de meditación, de oración, siendo destinada “al culto católico, a la edificación, a la piedad y a la instrucción religiosa de los fieles”; los artistas, como recuerda el ya muchas veces citado mensaje de la Iglesia a los artistas, han “edificado y decorado sus templos, celebrado sus dogmas, enriquecido su liturgia” y deben seguir haciéndolo.
Así también hoy nosotros somos llamados a realizar en nuestro tiempo obras y tr abajos dirigidos a edificar al hombre y a dar Gloria a Dios, como recita la Sacrosanctum Concilium: “También el arte de nuestro tiempo, y el de todos los pueblos y regiones, ha de ejercerse libremente en la Iglesia, con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia; para que pueda juntar su voz a aquel admirable concierto que los grandes hombres entonaron a la fe católica en los siglos pasados” (n. 123).

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Written by Salvador Carbó

12 noviembre, 2010 at 8:23

Publicado en Documentos, Fe

La especialidad del arte sacro

leave a comment »


Por Rodolfo Papa*
ROMA, martes 9 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- ¿Qué significa “arte sacro”? La definición del concepto de “arte” es muy compleja; difícil es también la connotación de la noción de “sacro”, de modo que se pueda obtener una respuesta a la pregunta inicial mediante la suma de las definiciones del sustantivo “arte” y del adjetivo “sacro”, resulta particularmente arduo y, quizás, infructuoso. Fecundo, en cambio, es buscar la identidad del arte sacro en los documentos magisteriales, siguiendo su recorrido casi topográfico, en el que mediante precisaciones progresivas se descrubre cuál es el lugar y la finalidad específica del propio arte sacro.
Puede ser útil partir de un documento del Concilio Vaticano II, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes en la que leemos: “el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos más altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal” (n. 57).
El arte se coloca entre las disciplinas que elevan al hombre, y por tanto posee una auténtica connotación humanística, entendiendo el humanismo como cultivatio animi. Esta elevación de la familia humana tiene lugar mediante el conocimiento de lo verdadero, del bien y de lo bello. Está clara la referencia a las características trascendentales del ser, es decir, a esas características que poseen todo aquello que es en cuanto que es, es decir, la verdad, la bondad y la belleza, que son perfecciones compartidas por Dios a toda la creación. Está claro también que el arte se define por una singular relación con la belleza.
Dado que la noción de arte es muy vasta y plural, es útil hacer referencia a la distinción entre artes liberales (es decir, las artes teóricas, que no implican un trabajo físico, como la poesía) y artes mecánicas (es decir, las artes que implican trabajo manual, como la escultura y la pintura). Con todo se trata de una distinción que el Renacimiento ya demostró superar; el arte auténtico implica la liberalidad del conocimiento y la mecanicidad (es decir, la practicidad efectiva) de la producción. Por tanto en cierta forma supera esta separación, o mejor, la integra orgánicamente.
Aclarado esto, es necesario también aforntar la distinción entre artes útiles y artes bellas. Las artes útiles están dirigidas a fines prácticos, mientras que las artes bellas están dirigidas a la belleza. El arte, por tanto, va precisándose en su identidad específica, por una relación particular con la belleza. Y es precisamente en este contexto de las bellas artes donde debemos buscar el lugar del arte sacro. De hecho la belleza del arte expresa la belleza de lo creado, y por eso mismo, del Creador, y está por tanto constitutivamente abierta en relación con Dios.
Dentro el arte bello se distingue el arte religioso, es decir, un arte que expresa un sentimiento religioso. Dentro, o mejor, en la cumbre del arte religioso encontramos finalmente el arte sacro. Aquí resulta iluminador citar la Constitución sobre la Sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II: “Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan, con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro” (n. 122).
El arte sacro es la cumbre del arte religioso, o lo que es lo mismo, el arte religioso contiene al arte sacro y no a la inversa. Podríamos decir que entre la obra de arte religioso y la obra de arte sacro existe la misma relación que une y separa una poesía que habla de Dios y una oración: también la oración es bella, como la poesís, pero tiene una diferente identidad específica. El adjetivo “sacro” se atribuye de hecho al culto, a los ritos, a los lugares, precisamente, “sacris”, y de la misma forma al arte “sacro” y a sus obras. El arte religioso se convierte en “sacro” cuando está dirigido al culto sagrado, al rito sagrado, para que “sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia” (n. 123).
Por tanto el arte sacro es íntegra mente arte, pero encuentra su identidad en la sacralidad del rito al que está destinado y que la conforma por entero, de manera que una obra de arte sacro debe ser de forma auténtica una obra de arte, pero no es suficiente con que lo sea; debe de hecho estar íntima y completamente dirigida a la sacralidad, debe hacerse espejo de las verdades de la fe, debe hacerse celebración y liturgia. Esto impone una connotación peculiar de la propiaobra de arte, tanto que en los documentos magisteriales encontramos también las indicaciones para distinguir ulteriormente el arte sacro en “auténtica” y “no auténtica”. Este camino, que lleva hacia un arte no solo bello sino tambien bueno y verdadero, realista sin exageraciones, simbólico sin abstracciones, es tan importante que necesita un tratamiento aparte.

Written by Salvador Carbó

10 noviembre, 2010 at 9:36

Publicado en Fe, Música