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El Papa apela a la paciencia y humildad para ser más fuertes que el enemigo

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Durante el habitual rezo del Ángelus dominical desde la plaza de San Pedro del Vaticano, el papa instó a los fieles católicos a no alejarse de Dios, porque es la “fuente de la verdadera vida”, y recurrió a una cita del libro “Imitación de Cristo”, sobre la vida espiritual. “El hombre no está nunca del todo exento de la tentación mientras vive… pero es con la paciencia y con la verdadera humildad como nos haremos más fuertes que cualquier enemigo”, dijo Benedicto XVI reproduciendo la cita del libro. Hay que hacer uso, agregó, de “la paciencia y la humildad de seguir todos los días al Señor, aprendiendo a construir nuestra vida no fuera de él o como si no existiera, sino en él y con él, porque es la fuente de la verdadera vida”. Según el pontífice, “la tentación de apartar a Dios, de poner nosotros solos orden en nosotros mismos y en el mundo contando solo con nuestras propias capacidades, está siempre presente en la historia del hombre”. Por ello, en este primer domingo de Cuaresma, Benedicto XVI invitó a tener fe en Dios, convirtiendo la vida en el fruto de su voluntad y orientando hacia el bien cada acción y pensamiento. “El tiempo de Cuaresma es el momento propicio para renovar y hacer más sólida nuestra relación con Dios, a través del rezo diario, los gestos de penitencia y las obras de caridad fraternal”, afirmó el papa. Ya en castellano, el pontífice saludó a los peregrinos de lengua española desplazados este domingo hasta San Pedro del Vaticano, en particular a los fieles de la Hermandad de la Virgen de la Victoria de Huelva (España). “Animo a todos a que, guiados por la fuerza de Dios, intensifiquen la oración, la penitencia y la práctica de la caridad, para así llegar victoriosos y purificados a las celebraciones pascuales”, dijo Benedicto XVI en castellano. A las 18.00 hora local (17.00 GMT) de este domingo, Benedicto XVI participará en el Vaticano en la apertura de la semana de ejercicios espirituales, que durará hasta el próximo sábado y en la que se suspenden todas las actividades públicas del papa, incluida la audiencia general de los miércoles.

http://www.larazon.es/noticia/2693-el-papa-apela-a-la-paciencia-y-humildad-para-ser-mas-fuertes-que-el-enemigo

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Written by Salvador Carbó

26 febrero, 2012 at 13:55

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Los niños criados con afecto tienen un hipocampo más grande

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La investigación, llevada a cabo por psiquiatras y neurocientíficos de la Universidad Washington de Saint Louis, “sugiere un vínculo claro entre la crianza y el tamaño del hipocampo”, destacó uno de sus autores, la profesora de psiquiatría infantil Joan L. Luby. El estudio, el primero que relaciona el tamaño del cerebro infantil con la forma en que un niño es criado, fue publicado hoy por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Para la investigación, los expertos analizaron imágenes cerebrales de niños de entre 7 y 10 años que, cuando tenían entre 3 y 6 años, fueron observados en interacción con alguno de sus padres, casi siempre con la madre. Se analizaron escáneres cerebrales de 92 de esos niños, algunos mentalmente sanos y otros con síntomas de depresión. Los niños sanos y criados con afecto tenían el hipocampo casi un 10 por ciento más grande que el resto. “Tener un hipocampo casi un 10 por ciento más grande es una evidencia concreta del poderoso efecto de la crianza”, subrayó Luby. Después abogó por fomentar, “como sociedad”, la crianza con amor y cuidado de los niños, puesto que “claramente tiene un impacto muy grande en el desarrollo posterior” de la persona. Durante años muchas investigaciones han puesto de relieve la importancia de la crianza, aunque casi siempre centradas en factores psicosociales y en el rendimiento escolar, pero este estudio “es el primero que realmente muestra un cambio anatómico en el cerebro”, enfatizó Luby. Aunque en el 95 % de los casos estudiados participaron las madres biológicas de los niños, los investigadores señalan que el efecto en el cerebro es el mismo si el cuidador principal es el padre, los padres adoptivos o los abuelos.

http://www.larazon.es/noticia/164-los-ninos-criados-con-afecto-tienen-un-hipocampo-mas-grande

Written by Salvador Carbó

31 enero, 2012 at 9:18

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Feliz Navidad 2011

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Del Verbo divino

La Virgen preñada

Viene de camino

Si le dais posada

(San Juan de la Cruz)

Que el Señor nos regale acercarnos a Belén y acogerlo en su Palabra y en el pequeño.

Feliz Navidad 2011

Written by Salvador Carbó

24 diciembre, 2011 at 18:11

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Benedicto XVI: “El amor hace del hombre un artista extraordinario”

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Recibe el homenaje de 60 artistas de todo el mundo por su aniversario sacerdotal
* * *
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 4 de julio de 2011 (ZENIT.org
(http://www.zenit.org/)).- El amor hace de la vida una obra de arte y de
cada hombre un artista extraordinario. Así lo afirmó hoy el Papa Benedicto
XVI, durante la inauguración de una exposición artística en su honor en el
Aula Pablo VI.

Con motivo del 60 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa, el
pasado 29 de junio, el Consejo Pontificio para la Cultura ha promovido una
exposición artística, que podrá visitarse en el Vaticano desde mañana hasta
el próximo 4 de septiembre.

Esta exposición, con el título El esplendor de la verdad, la belleza de la
caridad Homenaje de los artistas a Benedicto XVI por el 60 aniversario de
Sacerdocio, reúne las obras de sesenta artistas, creyentes y no creyentes 6
arquitectos, 7 fotógrafos, 5 poetas, 6 músicos, 6 orfebres, 18 pintores y
12 escultores.

La ceremonia ofreció al Papa la ocasión de retomar su particular coloquio
con los artistas, en la línea del anterior encuentro, el 21 de noviembre de
2009, en la Capilla Sixtina.

El encuentro comenzó con la ejecución del Padre nuestro del compositor Arvo
Pärt, y terminó con la visión de un cortometraje del director Pupi Avati.

Ante los presentes, Benedicto XVI retomó uno de los argumentos de su
pontificado, junto al diálogo entre la fe y la razón, que es el de la
belleza y su relación con la verdad y el amor.

Recordando sus propias palabras en la misa pro eligendo pontifice, apenas
veinticuatro horas antes de su elección como Sucesor de Pedro, el Papa
recordó que En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra
vida, verdad y caridad se funden.

Es precisamente desde la unión, quisiera decir desde la sinfonía, desde la
perfecta armonía de verdad y caridad, de donde emana la auténtica belleza,
capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón
de los hombres, afirmó.

El mundo necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la
mentira o por la banalidad; necesita que la caridad inflame y no sea
superada por el orgullo y por el egoísmo.

Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad alcance lo íntimo
de nuestro corazón y lo haga más humano, añadió.

Renovando su llamamiento a los artistas, el Papa exhortó a no separar nunca
la creatividad artística de la verdad y de la caridad, no buscar nunca la
belleza lejos de la verdad y de la caridad, sino que con la riqueza de
vuestra genialidad, de vuestro impulso creativo, sed siempre, con valor,
buscadores de la verdad y testigos de la caridad.

Haced resplandecer la verdad en vuestras obras y haced de modo que su
belleza suscite en la mirada y en el corazón de quien las admira el deseo
de hacer bella y verdadera la existencia, toda existencia.

La verdad, enriquecida con el amor, hace de la vida una obra de arte y de
cada hombre un artista extraordinario, subrayó el Papa.

La Iglesia y los artistas vuelven a encontrarse, a hablarse, a apoyar la
necesidad de un coloquio que quiere y debe llegar a ser cada vez más
intenso y articulado, también para ofrecer a la cultura, es más, a las
culturas de nuestro tiempo, un ejemplo elocuente de diálogo fecundo y
eficaz, orientado a hacer este mundo nuestro más humano y más bello,
concluyó.

Written by Salvador Carbó

5 julio, 2011 at 7:15

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Celebración en Madrid

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La celebración sinfónico-catequética en la Catedral de la Almudena con el Cardenal es el domingo 19 a las 19.00 horas.

Si queréis seguirlo por internet se puede ver en
http://www.ustream.tv/channel/neocatecumenal .

Por televisión no lo pasan en directo sino el domingo siguiente 26 a la 13.00 en canal 13.

Written by Salvador Carbó

19 junio, 2011 at 16:44

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Benedicto XVI: “el perdón es renovación y transformación”

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CIUDAD DEL VATICANO; miércoles 1 de junio de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General, continuando con el ciclo de catequesis sobre la oración.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

leyendo el Antiguo Testamento, una figura destaca entre otras: la de Moisés, como hombre de oración. Moisés, el gran profeta y guía en el tiempo del Éxodo, ejerció su función de mediador entre Dios e Israel, haciéndose portador, hacia el pueblo, de las palabras y mandatos divinos, conduciéndolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, enseñando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios, durante la larga estancia en el desierto, pero también, sobre todo, rezando. Reza por el Faraón cuando Dios, con las plagas, intentaba convertir el corazón de los egipcios (cfr Ex 8–10); pide al Señor la curación de la hermana María, enferma de lepra (cfr Nm 12,9-13), intercede por el pueblo que se había rebelado, aterrorizado por el informe de los exploradores (cfr Nm 14,1-19), reza cuando el fuego estaba devorando el campamento (cfr Nm 11,1-2) y cuando serpientes venenosas estaban haciendo una masacre (cfr Nm 21,4-9); se dirige al Señor y reacciona protestando cuando el peso de su misión se hizo demasiado pesado (cfr Nm 11,10-15); ve a Dios y habla con Él “cara a cara, como uno habla con su amigo” (cfr Ex 24,9-17; 33,7-23; 34,1-10.28-35).

También cuando el pueblo, en el Sinaí, pide a Aarón hacer un novillo de oro, Moisés reza, explicando de modo emblemático su propia función de intercesor. El episodio está narrado en el capítulo 32 del Libro del Éxodo y tiene un relato paralelo en el Deuteronomio en el capítulo 9. Es en este episodio donde quisiera detenerme en la catequesis de hoy, en particular en la oración de Moisés que encontramos en la narración del Éxodo. El pueblo se encontraba a los pies del Monte Sinaí, mientras Moisés, en la cima del monte, esperaba el don de las Tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta días y cuarenta noches (cfr Ex 24,18; Dt 9,9). El número cuarenta tiene un valor simbólico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, es Él el que la sostiene. El hecho de comer, de hecho, implica la asunción del alimento que nos sostiene; por esto ayunar, renunciando a la comida, adquiere, en este caso, un significado religioso: es un modo de indicar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (cfr Dt 8,3). Ayunando, Moisés, indica que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esta desvela la voluntad de Dios y nutre el corazón del hombre, haciéndole entrar en una Alianza con el Altísimo, que es fuente de vida, es la vida misma.

Pero, mientras el Señor, sobre el monte, da a Moisés la Ley, a los pies del mismo el pueblo la desobedece. Incapaces de resistir en la espera y la ausencia del mediador, los israelitas piden a Aarón: Fabrícanos un Dios que vaya al frente de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a Moisés, ese hombre que nos hizo salir de Egipto” (Ex 32,1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos. Todo lo que sucede en el Sinaí muestra toda la necedad y vanidad ilusoria de esta pretensión porque, como afirma irónicamente el Salmo 106, “así cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto” (Sal 106,20).

Por esto el Señor reacciona y ordena a Moisés que descienda del monte, revelándole lo que el pueblo está haciendo y terminando con estas palabras: “Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación” (Ex 32,10). Como con Abraham con respecto a Sodoma y Gomorra, también ahora Dios desvela a Moisés lo que pretende hacer, como si no quisiese actuar sin su consentimiento (cfr Am 3,7). Dice: “mi ira arderá contra ellos”. En realidad, este “mi ira arderá contra ellos” lo dice para que Moisés intervenga y le pida que no lo haga, revelando así que el deseo de Dios es siempre de salvación. Como para las dos ciudades en tiempos de Abraham, el castigo y la destrucción, con los que se expresa la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petición del intercesor pretende manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero que siempre denuncia la verdad del pecado, del mal que existe, así el pecador, reconociendo y rechazando el propio mal, pueda dejarse perdonar y transformar por Dios. La oración de intercesión hace operativa de esta manera, dentro de la realidad corrupta del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra su voz en la súplica del que reza y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación.

La súplica de Moisés se centra en la fidelidad y la gracia del Señor. Este se refiere primero a la historia de redención que Dios ha comenzado con la salida de Israel, para después recordar la antigua promesa hecha a los Padres. El Señor ha logrado la salvación liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia; ¿por qué entonces -pregunta Moisés-“tendrán que decir los Egipcios: ‘El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?’” (Ex 32,12). La obra de salvación que se ha comenzado debe ser completada; si Dios hiciese perecer a su pueblo, esto podría ser interpretado como el signo de una incapacidad divina de llevar a cumplimiento el proyecto de salvación. Dios no puede permitir esto: Él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de misericordia y de perdón, de liberación del pecado que mata. Y así Moisés apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Pero entonces, argumenta Moisés con el Señor, si sus elegidos perecen, aunque si son culpables. Él podría parecer como incapaz de vencer al pecado. Y esto no se puede aceptar. Moisés ha tenido una experiencia concreta del Dios de salvación, y ha sido enviado como mediador de la liberación divina y reza con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero además está también preocupado por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El intercesor quiere, de hecho, que el pueblo de Israel se salve, porque es el rebaño que se le ha confiado, pero también para que en esa salvación se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor por los hermanos pero también por Dios que se complementan en la oración de intercesión, son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre dividido entre dos amores, que en la oración se unen en un único deseo de bien.

Después, Moisés apela a la fidelidad de Dios, haciéndole recordar sus promesas: “Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: ‘Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia’” (Ex 32,13). Moisés hace memoria de la historia fundadora de los orígenes, de los Padres del pueblo y de su elección, totalmente gratuita, en la que sólo Dios había tenido la iniciativa. No por sus méritos, ellos recibieron la promesa, sino por la libre elección de Dios y de su amor” (cfr Dt 10,15). Y ahora, Moisés pide que el Señor continúe fiel a su historia de elección y de salvación perdonando a su pueblo. La intercesión no excusa el pecado de su gente, no enumera presuntos méritos ni del pueblo ni suyos, pero si apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar al que se aleja, que permanece siempre fiel a sí mismo y que ofrece al pecador la posibilidad de volver a Él y convertirse, con el perdón, en justo y capaz de ser fiel. Moisés pide a Dios que se muestre más fuerte que el pecado y que la muerte, y con su oración provoca esta revelación divina. Mediador de vida, el intercesor se solidariza con el pueblo; deseoso sólo de la salvación que Dios mismo desea, el renuncia a la perspectiva de convertirse en un nuevo pueblo agradecido al Señor. La frase que Dios le había dirigido, “de ti, en cambio, suscitaré una gran nación”, no es, ni siquiera, tomada en consideración por el “amigo” de Dios, que sin embargo está preparado para asumir, no sólo, la culpa de su gente, también todas sus consecuencias. Cuando, después de la destrucción del becerro de oro, vuelva al monte de nuevo, a pedirle la salvación de Israel, dirá al Señor: “¡Si tú quisieras perdonarlo, a pesar de esto…! Y si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito” (v.32). Con la oración, deseando el deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se hace capaz de un amor que llega hasta el don total de sí mismo. En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios y que se hace intercesor por su pueblo, se ofrece a sí mismo – “bórrame” -, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente esta delante de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo. Y no sólo se ofrece – “bórrame” -, sino que con su corazón traspasado se hace “borrar”, se convierte, como dice el mismo san Pablo, en pecado, lleva consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros: su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y así toda la existencia de hombre y de Hijo es el grito al corazón de Dios, es perdón, pero un perdón que transforma y renueva.

Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y reza por mí. Su oración en la Cruz es contemporánea a todos los hombres, contemporánea a mí: Él reza por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en su identidad, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con Él, porque desde la alta cima de la Cruz, Él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se ha traído a sí mismo, su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos a Él, un cuerpo con Él, identificado con Él. Nos invita a entrar en esta identificación, a estar unidos a Él en nuestro deseo de ser un cuerpo, un espíritu con Él. Oremos al Señor para que esta identificación nos transforme, nos renueve, porque el perdón es renovación y transformación.

Querría terminar esta catequesis con las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma: “¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? […]ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,33-35.38.39)

Written by Salvador Carbó

1 junio, 2011 at 11:31

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El arte sacro y la belleza (II)

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En la Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, está escrito que las obras de arte sacro “Por su naturaleza, están relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios” (n.122).
Las obras de arte religiosa y sacra, deben, por tanto y “de cualquier forma” expresar la belleza divina, la infinita belleza divina, con la que mantienen una relación natural, que es propia de su naturaleza. A través de la expresión de la belleza, y en la manera en que se orientan hacia la Belleza infinita, pueden explicar su “único”fin de dirigir “religiosamente” las almas a Dios. Pero, ¿qué es la belleza?
La tradición -pero incluso antes que esta hay en su base una auténtica reflexión sobre cuanto consta en la experiencia común- vincula la belleza a una experiencia de los sentidos que excede a los mismos. Ya en la especulación platónica, la belleza está descrita en su complejidad de realidad ideal visible a través de los ojos. En el Fedro leemos: “En cuanto a la belleza, ella brilla, como ya he dicho, entre todas las demás esencias, y en nuestra estancia terrestre, donde lo eclipsa todo con su brillantez, la reconocemos por el más luminoso de nuestros sentidos. La vista es, en efecto, el más sutil de todos los órganos del cuerpo. No puede, sin embargo, percibir la sabiduría, porque sería increíble nuestro amor por ella, si su imagen y las imágenes de las otras esencias, dignas de nuestro amor, se ofreciesen a nuestra vista, tan distintas y tan vivas como son. Pero al presente sólo la belleza tiene el privilegio de ser a la vez un objeto tan sorprendente como amable” (1).
También la tradición escolástica, analiza la belleza como un disfrute que parte del conocimiento sensorial superándolo después, como en el pensamiento de santo Tomás, la famosa afirmación “Pulchrum est quod visum placet (Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 1um), indica que de lo bello importa la aprehensión y en modo especial el disfrute: lo bello es “agradable al conocimiento”(2), porque lo bello exige ser “conocido” por un ser que tenga alma racional.
La belleza se caracteriza, para santo Tomás como “integritas sive proportio”, es decir la certeza, en la “debita proportio sive consonantia”,o la armonía proporcional, y como la “claritas”, o en el esplendor corpóreo o espiritual. Todo esto se traduce en un estrecho vínculo entre belleza y orden; ya san Agustín afirmaba que: “No hay nada ordenado que no sea bello: como dice el Apóstol, todo orden viene de Dios”. (3)
El placer causado por la belleza reúne no sólo a los sentidos, sino a toda la persona: emociones y pasiones; razón e intelecto; y se trata de un placer no destinado a lo útil, por tanto es un placer desinteresado, un placer por placer: es decir un probar placer frente a cualquier cosa que se conoce, sin quererla comprar, poseer, modificar, firmar.
El placer que se disfruta en el conocimiento de lo bello, encuentra razón en el hecho de que las cosas bellas son además verdaderas y buenas. De hecho, nos gustan los originales, no las imitaciones, nos gustan las cosas buenas, no las malas.
También para los griegos, el tema de la belleza, investigado principalmente desde la visión ontológica se encuentra indisolublemente unido al bien.
Según santo Tomás, lo bello y lo bueno “se identifican en el sujeto, porque se basan en la misma realidad, es decir en la forma, y por esto lo que es bueno es alabado como bello” (4). Lo bello implica una forma que despierta admiración y se refiere al intelecto, mientras que el bien implica una forma que atrae y se refiere a la voluntad. Podemos decir que el disfrute de la belleza es alegría en el conocimiento del bien: une conocimiento y alegría, participando toda la persona.
La belleza de la realidad es un signo de la belleza del Creador. Las perfecciones de Dios son conocidas por nosotros a partir del conocimiento de la realidad creada. Toda belleza es participación de la belleza divina.
Juan Pablo II en la Carta a los Artistas, escribió: “Por eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (n.16).
Las artes de la pintura, escultura y de la arquitectura colocadas en el pensamiento cristiano, tienen también el deber de escrutar y describir tal belleza, traduciéndola, a través de los medios propios de cada disciplina, en un canto de alegría, que expresando el amor de Dios hacia el hombre, sea capaz de ser el canto, hecho con arte, que toda la Iglesia levanta al cielo, como agradecimiento.
Por tanto, el artista no sólo debe conocer la belleza, sino que debe contemplarla; por este motivo el artista es el primer testigo de la verdad de la belleza. Además el artista de obras de arte sacro, por su particular condición, no puede ser otra cosa que un verdadero cristiano, que vive su propia vocación artística en constante oración. Por Rodolfo Papa*

Written by Salvador Carbó

16 febrero, 2011 at 11:19

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