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Audiencia: Dios, tesoro precioso que hay que custodiar en la oración

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Benedicto XVI comenta la intercesión de Jesús por el ciego y por Lázaro

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 14 de diciembre de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos la catequesis que Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados de Italia y de todas las partes del mundo para la tradicional Audiencia de los miércoles. La catequesis continúa el ciclo de la oración.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas, hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre la oración de Jesús vinculada a su prodigiosa acción curativa. En los Evangelios se presentan distintas situaciones en las que Jesús reza frente a la obra benéfica y sanadora de Dios Padre, que actúa a través de Él. Se trata de una oración que, una vez más, manifiesta la relación única de conocimiento y de comunión con el Padre, mientras que Jesús se deja implicar con gran participación humana en el sufrimiento de sus amigos, por ejemplo Lázaro y su familia, o de los muchos pobres y enfermos que Él quiso ayudar concretamente.

Un caso significativo fue la curación del sordomudo (cfr Mc 7,32-37). El relato del evangelista Marco que apenas hemos escuchado, muestra que la acción sanadora de Jesús está conectada con su intensa relación con el prójimo, el enfermo, y con el Padre. La escena del milagro está descrita con atención, de esta manera: “Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: Efatá, que significa: ‘Ábrete'(7,33-34). Jesús quiere que la curación suceda “aparte, lejos de la multitud”. Esto parece ser no solo para que el milagro se realice sin que la gente se dé cuenta, para evitar que se hagan interpretaciones limitadas o distorsionadas de la persona de Jesús. La elección de llevar al enfermo aparte, hace que, en el momento de la curación, Jesús y el sordomudo se encuentren solos, cercanos, en una relación particular. Con un gesto, el Señor toca los oídos y la lengua del enfermo, o sea los centros específicos de su enfermedad. La intensidad de la atención de Jesús se manifiesta también en los rasgos insólitos de la curación: Emplea sus propios dedos y su propia saliva. También el hecho de que el evangelista nos traslade la palabra original pronunciada por el Señor: Effatà que quiere decir “¡Ábrete!”, evidencia el carácter singular de la escena.

Pero el punto central de este episodio es el hecho de que Jesús en el momento de realizar la curación, busca directamente su relación con el Padre. El relato dice, de hecho, que Él “mirando hacia el cielo, suspiró” (v.34). La atención al enfermo, la atención de Jesús hacia él, están vinculados a una actitud profunda de oración dirigida a Dios. Y el suspiro se describe con un verbo que en el Nuevo Testamento indica la aspiración a algo bueno que todavía falta (cfr Rm 8,23). El conjunto del relato muestra que la implicación humana con el enfermo lleva a Jesús a la oración. Una vez más surge su relación única con el Padre, su identidad de Hijo Unigénito. En Él, a través de su persona, se hace presente la actuación benéfica y sanadora de Dios. No es un caso en el que el comentario conclusivo de la gente, después del milagro, recuerde la valoración de la creación en el inicio del Génesis: “Ha hecho bien todas las cosas” (Mc 7, 37). En la acción sanadora de Jesús, entra de un modo claro la oración, con su mirada hacia el cielo. La fuerza que ha sanado al sordomudo está ciertamente provocada por la compasión hacia él, pero proviene del recurso hacia el Padre. Se encuentran estas dos relaciones: la relación humana de compasión con el hombre, que entra en la relación con Dios, y se convierte así, en curación.

En el relato joánico sobre la resurrección de Lázaro, se testifica esta misma dinámica, con una evidencia todavía mayor (cfr. Jn 11, 1-44). También aquí se entrelazan, por una parte, el vínculo de Jesús con un amigo y con su sufrimiento y, por la otra, la relación filial que Él tiene con el Padre. La participación humana de Jesús en el asunto de Lázaro tiene detalles particulares. Durante todo el relato se recuerda varias veces la amistad con él, así como también con las hermanas Marta y María. Jesús mismo afirma: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo”(Jn 11,11). El afecto sincero por el amigo está evidenciado también por las hermanas de Lázaro, así como de los judíos (cfr Jn 11,3; 11,36), se manifiesta en la conmoción profunda de Jesús con la vista del dolor de Marta y de María y de todos los amigos de Lázaro y desemboca en el llanto –tan profundamente humano- al acercarse a la tumba: “Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: ‘¿Dónde lo pusieron?’. Le respondieron: ‘Ven, Señor, y lo verás’. Y Jesús lloró” (Jn 11, 33-35).

Este vínculo de amistad, la participación y la conmoción de Jesús ante el dolor de los parientes y conocidos de Lázaro, se vincula, en todo el relato, con una continua e intensa relación con el Padre. Desde el principio, el suceso es interpretado por Jesús en relación con su propia identidad y misión y con la glorificación que lo espera. Al recibir la noticia de la enfermedad de Lázaro, de hecho, comenta: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11,4). También el anuncio de la muerte del amigo es acogido por Jesús con profundo dolor humano, pero siempre con una clara referencia a la relación con Dios y con la misión que Él le ha confiado. Dice: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vayamos a verlo” (Jn 11, 14-15). El momento de la oración explícita de Jesús al Padre ante la tumba es la conclusión natural de toda la historia, dado el doble registro de la amistad con Lázaro y la relación filial con Dios. También aquí las dos relaciones van unidas. “Padre, te doy gracias porque me has escuchado” (Jn 11 41), es una eucaristía. La frase revela que Jesús no ha dejado ni siquiera un instante la oración de petición por la vida de Lázaro. Esta oración continua ha reforzado, incluso, el vínculo con el amigo, y ha confirmado, al mismo tiempo, la decisión de Jesús de permanecer en comunión con la voluntad del Padre, con su plan de amor, en el que la enfermedad y la muerte de Lázaro son consideradas como momentos en los que se manifiesta la gloria de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, leyendo esta narración, cada uno de nosotros está llamado a comprender que, en la oración de petición al Señor, no debemos esperar un cumplimiento inmediato de lo que pedimos, de nuestra voluntad, sino confiarnos sobre todo a la voluntad del Padre, leyendo cada suceso en la perspectiva de su gloria, de su diseño de amor, a menudo misterioso para nuestros ojos. Por esto, en nuestra oración, la petición, la alabanza y la acción de gracias deberían darse unidas, incluso cuando parece que Dios no responda a nuestras esperanzas concretas. El abandonarse en el amor de Dios, que nos precede y nos acompaña siempre, es una de las actitudes fundamentales en nuestro diálogo con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica comenta de esta manera la oración de Jesús en el relato de la resurrección de Lázaro: “Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el ‘tesoro’, y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como ‘por añadidura’ (cf Mt 6, 21. 33)” (2604). También para nosotros, más allá de lo que Dios nos da cuando le invocamos, el don más grande que nos puede dar es su amistad, su presencia, su amor. Él es el tesoro precioso que hay que pedir y custodiar siempre.

La oración que Jesús pronuncia mientras se retira la piedra que tapa la entrada de la tumba de Lázaro, tiene un resultado singular e inesperado. Él, de hecho, después de haber dado gracias a Dios Padre, añade: “Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado” (Jn 11,42). Con su oración, Jesús quiere llevarnos a la fe, a la confianza total en Dios y en su voluntad, y quiere mostrar que este Dios que tanto ha amado al hombre y al mundo, hasta el punto de mandar a su Hijo Unigénito (cfr Jn 3,16), es el Dios de la Vida, el Dios que lleva esperanza y es capaz de darle la vuelta a situaciones humanamente imposibles. La oración confiada de un creyente, por tanto, es un testimonio vivo de esta presencia de Dios en el mundo, de su interés en el hombre, de su acción para llevar a cabo su plan de salvación.

Las dos oraciones de Jesús meditadas ahora y que acompañan la curación del sordomudo y la resurrección de Lázaro, revelan que el profundo vínculo entre el amor a Dios y el amor al prójimo debe entrar también en nuestra oración. En Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, la atención hacia el otro, especialmente si está necesitado o sufre, el conmoverse ante el dolor de una familia amiga, lo llevan a dirigirse al Padre, en esa relación que dirige toda su vida. Pero también al revés: la comunión con el Padre, el diálogo constante con Él, empuja a Jesús a estar atento de un modo único a las situaciones concretas del hombre para llevarle el consuelo y el amor de Dios. La relación con el hombre nos guía hacia la relación con Dios, y la relación con Dios nos guía de nuevo hacia el prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, nuestra oración abre la puerta a Dios, que nos enseña a salir constantemente a de nosotros mismos para ser capaces de acercarnos a los demás, especialmente en los momentos de la prueba, para llevarles consuelo, esperanza y luz. Que el Señor nos conceda ser capaces de una oración cada vez más intensa, para reforzar nuestra relación personal con Dios, agrandar nuestro corazón a la necesidad del que está a nuestro lado y sentir la belleza de ser “hijos en el Hijo”, junto a muchos hermanos. ¡Gracias!

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez ©Libreria Editrice Vaticana]

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Written by Salvador Carbó

15 diciembre, 2011 at 0:12

Publicado en Fe

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Benedicto XVI: el arte nos ayuda a crecer en la relación con Dios

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CASTEL GANDOLFO, miércoles 31 de agosto de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos la catequesis que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles reunidos en la Audiencia General de los miércoles en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo. La catequesis de hoy, que pertenece al ciclo de la oración, se ha centrado en la relación entre el arte y la oración.

* * * * *
Queridos hermanos y hermanas,

en este periodo he recordado muchas veces la necesidad de todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, a través de la oración, en medio de las muchas ocupaciones de nuestra jornada. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de Él. Hoy quisiera detenerme brevemente en uno de estos medios que nos pueden conducir a Dios y ser, también, una ayuda para encontrarnos con Él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de esta “via pulchritudinis” -“vía de la belleza”- de la que he hablado tantas veces y que el hombre debería recuperar en su significado más profundo. Quizás os ha sucedido que ante una escultura, un cuadro, o algunos versos de poesía o una pieza musical, sentís una íntima emoción, una sensación de alegría, percibís claramente que frente a vosotros no hay solamente materia, un trozo de mármol o de bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que nos “habla”, capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el ánimo. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto.

Hay expresiones artísticas que son verdaderos caminos hacia Dios, la Belleza suprema, que incluso son una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que la expresan. Un ejemplo lo tenemos cuando visitamos una catedral gótica: nos sentimos cautivados por las líneas verticales que se elevan hasta el cielo y que atraen nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras que, a la vez, nos sentimos pequeños o también deseosos de plenitud… O cuando entramos en una iglesia románica: nos sentimos invitados de un modo espontáneo al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios se recoge la fe de generaciones. O bien, cuando escuchamos una pieza de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro ánimo se dilata y se siente impelido a dirigirse a Dios. Me viene a la memoria un concierto de música de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al final de la última pieza, una de las Cantatas, sentí, no razonando, sino en lo profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor que me empujaba a dar gracias a Dios. A mi lado estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: “Oyendo esto se entiende: es verdadera, es verdadera la fe tan fuerte y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”. Cuántas veces cuadros o frescos, frutos de la fe del artista, con sus formas, con sus colores, con sus luces, nos empujan a dirigir el pensamiento hacia Dios y hacen crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza. Resulta profundamente cierto lo que escribió un gran artista, Marc Chagall, que los pintores han sumergido, durante siglos, sus pinceles en el alfabeto de colores que es la Biblia. ¡Cuántas veces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para acordarnos de Dios, para ayudar a nuestra oración o para convertir nuestro corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, al escuchar el canto del Magnificat durante la Misa de Navidad en la basílica de Notre Dame, París, en 1886, advirtió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe, sino para encontrar argumentos contra los cristianos. Sin embargo la gracia de Dios actuó en su corazón.

Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los países de todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos recuerdan la relación con Dios. Que la visita a lugares de arte no sea sólo ocasión de enriquecimiento cultural, sino que se pueda convertir en un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestro vínculo y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar -en la transición de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que expresa- el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos “hiere” y que nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con una oración de un Salmo, el Salmo 27: “Una sola cosa he pedido al Señor,y esto es lo que quiero:

vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo” (v.4).Esperemos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, ya sea en la naturaleza o en las obras de arte, para ser tocados por la luz de su rostro y así poder ser nosotros luz para nuestro prójimo. Gracias.

[En español dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los universitarios de la Arquidiócesis de Rosario, a los grupos venidos de Santiago de Chile, así como a los demás fieles provenientes de España, Guatemala, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a llegar a Dios, Belleza suma, a través de la contemplación de las obras de arte. Que éstas no sólo sirvan para incrementar la cultura, sino también para promover el diálogo con el Creador de todo bien. Que el Señor os acompañe siempre.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Written by Salvador Carbó

1 septiembre, 2011 at 16:23

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El Mensaje del Papa en España en 50 puntos

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Encontrarse y seguir a Cristo

1."Cuando no se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras
sendas, como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas
halagadoras pero interesadas, engañadas y volubles, que dejan el vacío y la frustración
tras de sí".

2."Sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo.
Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro
corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría
contagiará a los demás. Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que
la roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es la
persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor".

3."El encuentro personal con Cristo que nutre vuestra consagración debe testimoniarse
con toda su fuerza transformadora en vuestras vidas; y cobra una especial relevancia
hoy, cuando «se constata una especie de "eclipse de Dios", una cierta amnesia, más aún,
un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el
riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza»".

4."Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la
nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra
meta y también nuestro principio".

5."Quien valora su vida desde esta perspectiva sabe que al amor de Cristo solo se puede
responder con amor, y eso es lo que os pide el Papa en esta despedida: que respondáis
con amor a quien por amor se ha entregado por vosotros".

La fe y Jesucristo

6."La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el
misterio de la persona de Cristo en su profundidad".

7."Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados".

8."La fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación
íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir
como personas que se saben amadas por Dios".

9."La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona".
Jesucristo y la Iglesia

10."La Iglesia no es una simple institución humana, como otra cualquiera, sino que
está estrechamente unida a Dios…no se puede separar a Cristo de la Iglesia".

11."Seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede
seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir ´por su cuenta´ o de vivir la fe
según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no
encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él".

Amistad con Jesús y evangelización

12."De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de
la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia".

13."No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás".

14."No os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de
vuestra fe".

15."El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios".

16."Conservad la llama que Dios ha encendido en vuestros corazones en esta noche:
procurad que no se apague, alimentadla cada día, compartidla con vuestros coetáneos
que viven en la oscuridad y buscan una luz para su camino".

17."Apoyados en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno en el que se pretende
excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales
criterios por los que se rige la existencia. Puede que os menosprecien, como se suele
hacer con quienes evocan metas más altas o desenmascaran los ídolos ante los que hoy
muchos se postran. Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se
muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a
Dios, la verdad y la justicia".

Jesucristo es la felicidad

18."Solamente Cristo puede responder a vuestras aspiraciones. Dejaros conquistar por
Dios para que vuestra presencia dé a la Iglesia un impulso nuevo".

19."En el fondo, lo que nuestro corazón desea es lo bueno y bello de la vida. No
permitáis que vuestros deseos y anhelos caigan en el vacío, antes bien haced que cobren
fuerza en Cristo. Él es el cimiento firme, el punto de referencia seguro para una vida
plena".

20."Jóvenes amigos, vale la pena escuchar en nuestro interior la Palabra de Jesús y
caminar siguiendo sus pasos".

La lluvia y la fuerza de los jóvenes

21."Gracias por su alegría y resistencia". "Vuestra fuerza es mayor que la lluvia". "El
Señor con la lluvia os manda muchas bendiciones".
El amor de Dios

22."Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da
sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en
el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios.

Los jóvenes y Jesucristo

23."Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os
conforméis con menos que Cristo".

24."Seguros de su amor, acercaos a Él con la llama de vuestra fe. Él os colmará de su
vida. Edificad vuestra vida sobre Cristo y su Evangelio".

25."Los jóvenes responden con diligencia cuando se les propone con sinceridad y
verdad el encuentro con Jesucristo, único redentor de la humanidad. Ellos regresan
ahora a sus casas como misioneros del Evangelio, «arraigados y cimentados en Cristo,
firmes en la fe», y necesitarán ayuda en su camino".

26."No hay que desanimarse ante las contrariedades que, de diversos modos, se
presentan en algunos países. Más fuerte que todas ellas es el anhelo de Dios, que el
Creador ha puesto en el corazón de los jóvenes, y el poder de lo alto, que otorga fortaleza
divina a los que siguen al Maestro y a los que buscan en Él alimento para la vida".

Relativismo y búsqueda de la Verdad

27."Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la
búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos
proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los
hombres y fuente de esperanza para nuestra vida".

28."Hemos sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que seamos
protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien, responsables de nuestras acciones,
y no meros ejecutores ciegos, colaboradores creativos en la tarea de cultivar y embellecer
la obra de la creación. Dios quiere un interlocutor responsable, alguien que pueda
dialogar con Él y amarle. Por Cristo lo podemos conseguir verdaderamente y, arraigados
en Él, damos alas a nuestra libertad".

29."Os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la
verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos,
sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes
debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación.
Sed para ellos estímulo y fortaleza".

30."La verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla
y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos
posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es
asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la
verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia
esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos
y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido".

No tengáis miedo

31."Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo,
ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la
historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.
Descubrir y seguir la propia vocación

32."Os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y
en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro
interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos
proponga".

33."Pedid al Señor que os ayude a descubrir vuestra vocación en la vida y en la Iglesia,
y a perseverar en ella con alegría y fidelidad, sabiendo que Él nunca os abandonará ni os
traicionará".

34."Reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo
un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es
el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial".

35."A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la
vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz
inconfundible te dice también a ti: ´¡Sígueme!´".

36."Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente
una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida?
¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la
misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida
consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y
ofreceos como voluntarios al servicio de Aquel que «no ha venido a ser servido sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). Vuestra vida alcanzará una
plenitud insospechada. Quizás alguno esté pensando: el Papa ha venido a darnos las
gracias y se va pidiendo. Sí, así es. Ésta es la misión del Papa, Sucesor de Pedro".

El sufrimiento

37."Jesús y, siguiendo sus huellas, su Madre Dolorosa y los santos son los testigos que
nos enseñan a vivir el drama del sufrimiento para nuestro bien y la salvación del
mundo".

38."Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más
profundo del hombre".

39."Esta especial predilección del Señor por el que sufre nos lleva a mirar al otro con
ojos limpios, para darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor
que necesita".

40."Cuando el dolor aparece en el horizonte de una vida joven, quedamos
desconcertados y quizá nos preguntemos: ¿Puede seguir siendo grande la vida cuando
irrumpe en ella el sufrimiento? A este respecto, en mi encíclica sobre la esperanza
cristiana, decía: ´La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su
relación con el sufrimiento y con el que sufre (…). Una sociedad que no logra aceptar a
los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento
sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana
´".

41."Sois también testigos del bien inmenso que constituye la vida de estos jóvenes para
quien está a su lado y para la humanidad entera. De manera misteriosa pero muy real,
su presencia suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura
que nos abre a la salvación. Ciertamente, la vida de estos jóvenes cambia el corazón de
los hombres y, por ello, estamos agradecidos al Señor por haberlos conocido".

Una falsa libertad

42."Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces
ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por si solos lo que es verdad o no, lo
que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quien es digno de vivir o puede ser
sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso a lazar, sin
rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre
están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo
tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios".

La santidad

43."La santidad de la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona de
Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de aquella fuerza de lo alto que
la anima e impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre
el signo que somos y la realidad que queremos significar".

A los seminaristas

44."¿Cómo vivir estos años de preparación? Ante todo, deben ser años de silencio
interior, de permanente oración, de constante estudio y de inserción paulatina en las
acciones y estructuras pastorales de la Iglesia. Iglesia que es comunidad e institución,
familia y misión, creación de Cristo por su Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes
la conformamos con nuestra santidad y con nuestros pecados. Así lo ha querido Dios,
que no tiene reparo en hacer de pobres y pecadores sus amigos e instrumentos para la
redención del género humano".

A los voluntarios: amor y servicio

45."Con vuestro servicio habéis dado a la Jornada Mundial el rostro de la amabilidad,
la simpatía y la entrega a los demás".

46."Tengo la certeza de que esta experiencia como voluntarios os ha enriquecido a todos
en vuestra vida cristiana, que es fundamentalmente un servicio de amor. El Señor
trasformará vuestro cansancio acumulado, las preocupaciones y el agobio de muchos
momentos en frutos de virtudes cristianas: paciencia, mansedumbre, alegría en el darse
a los demás, disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios. Amar es servir y el servicio
acrecienta el amor".

España, una gran Nación

47."España es una gran Nación que, en una convivencia sanamente abierta, plural y
respetuosa, sabe y puede progresar sin renunciar a su alma profundamente religiosa y
católica".

48."Dejo España contento y agradecido a todos. Pero sobre todo a Dios, Nuestro Señor,
que me ha permitido celebrar esta Jornada, tan llena de gracia y emoción, tan cargada
de dinamismo y esperanza".

49."Rezo igualmente por los jóvenes de España. Estoy convencido de que, animados por
la fe en Cristo, aportarán lo mejor de sí mismos, para que este gran País afronte los
desafíos de la hora presente y continúe avanzando por los caminos de la concordia, la
solidaridad, la justicia y la libertad".

Colaboración entre la Iglesia y la sociedad civil

50."La eficacia de esta comisión manifiesta que no solo es posible la colaboración entre
la Iglesia y las instituciones civiles, sino que, cuando se orientan al servicio de una
iniciativa de tan largo alcance, como es la que nos ocupa, se hace verdad el principio de
que el bien integra a todos en la unidad".

Written by Salvador Carbó

25 agosto, 2011 at 16:55

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Una especial muestra artística en el atrio del Aula Pablo VI

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Homenaje de los artistas al Papa

ROMA, martes 5 de julio de 2011 (ZENIT.org).- Benedicto XVI inauguró ayer en el Vaticano la esposición “El esplendor de la verdad” un homenaje de sesenta artistas por sus 60 de ordenación sacerdotal. La muestra permanecerá abierta desde hoy, 5 de julio, hasta el 4 de septiembre próximo, en el atrio del Aula Pablo VI.

En un espacio de unos mil metros cuadrados, el visitador encuentra obras de arte de sesenta artistas, relacionados a la misma cantidad de años del sacerdocio del Papa, sin un itinerario temático, sino en un seguirse de exposiciones y por lo tanto de sorpresas.

Son obras de arte que cubren las más variadas disciplinas: escultura, fotografía, literatura, arquitectura, dibujo, poesía, música, pintura, plástica y otros. Elaborados con materiales y técnicas diversas pero todos con aquella particularidad – no siempre común – que hace al arte digno de dicho nombre.

Entre los expositores diversos artistas españoles como Pedro Cano, Valentín Miserachs, Sidival Fila, Santiago Calatrava. Además estaban dos mexicanos: Leandro Espinosa y Gustavo Arceves, y el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer

Entre los muchos italianos, la artista y directora emérita de la Escuela del Arte de la Medalla, Laura Cretara, realizó por ejemplo un bajorelieve en material color marfil: las estrellas confluyen hacia Jesús en la cruz pero ya resucitado, se transforman en un lienzo con el cual el samaritano ayuda a un necesitado.

“Estoy convencida – declaró a ZENIT la profesora – que los símbolos tienen la capacidad de hablar a los demás”. Y consideró que “este modo de abrirse a los artistas y hacerles trabajar reabre un diálogo importante para la Iglesia”.

El artista mexicano Gustavo Arceves consideró que "todo lo que sea levantar un dique contra la barbarie está bien”. El mismo creó con “corián lúcido” un mix de resina y aluminio, una representación de la Resurrección, una gran lápida blanca en la cual se rompe el lienzo y aparece parte del pie de Cristo, cuya herida del clavo es la medalla de San Benedicto, en honor del actual pontífice.

Entre los pintores, Pedro Cano, con un acuarela representó a un peregrino que entra en la Roma Eterna por uno de sus ingresos, la “Porta Maggiore”.

La familia Mortet, plateros y cinceladores desde hace cinco generaciones, crearon un sello timbre para Benedicto XVI. Esta familia de artesanos además realizó diversos cursos en Boliva, Ecuador y Perú, abriendo talleres y enseñando este oficio.

El escultor japonés Kengiro Azuma, que durante la Segunda Guerra Mundial fue kamikaze, presentó su escultura con una enorme gota de bronce; el artista africano Anatsui realizó una tela con tapas de botellas. Además de grandes obras, como la de Santiago Calatrava y su proyecto en gótico moderno atento a las exigencias ambientales para concluir la iglesia San Juan el Divino, en Nueva York.

No faltó la música con compositores de la estatura del maestro de la Capilla Sixtina, Bartolucci y Miserachs de la Capilla Liberiana, además del italiano Ennio Morricone con una composición escrita en forma de cruz en una partitura.

Al concluir su discurso el Papa saludó personalmente a todos los artistas y visitó cada una de las 60 obras expuestas: “El mundo necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o la banalidad”.

Y que “el Espíritu Santo, artífice de cada belleza que existe en el mundo os ilumine siempre hacia la belleza última y definitiva, aquella que enciende nuestra mente y nuestro corazón y que esperamos poder contemplar un día en todo su esplendor”:

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6 julio, 2011 at 8:41

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Benedicto XVI: la oración de Elías y el fuego de Dios

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 15 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

en la historia religiosa del antiguo Israel, tuvieron gran relevancia los profetas con sus enseñanzas y su predicación. Entre ellos surge la figura de Elías, suscitado por Dios para llevar al pueblo a la conversión. Su nombre significa “el Señor es mi Dios” y de acuerdo con este nombre se desarrolla toda su vida, consagrada totalmente a provocar en el pueblo el reconocimiento del Señor como único Dios. De Elías el Eclesiástico dice”Después surgió como un fuego el profeta Elías, su palabra quemaba como una antorcha” (Eclo 48,1). Con esta llama Israel vuelve a encontrar su camino hacia Dios. En su ministerio, Elías reza: invoca al Señor para que devuelva a la vida al hijo de una viuda que le había hospedado (cfr 1Re 17,17-24), grita a Dios su cansancio y su angustia mientras huye por el desierto, buscado a muerte por la reina Jezabel (cfr 1Re 19,1-4), pero se sobre todo en el monte Carmelo donde se muestra todo su poder de intercesor, cuando ante todo Israel, reza al Señor para que se manifieste y convierta el corazón del pueblo. Es el episodio narrado en el capítulo 18 del Primer Libro de los Reyes, en el que hoy nos detendremos.

Nos encontramos en el reino del Norte, en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, en un momento en el que Israel se había creado una situación de abierto sincretismo. Junto al Señor, el pueblo adoraba a Baal, el ídolo tranquilizador del que se creía que venía el don de la lluvia, y al que por ello se atribuía el poder de dar fertilidad a los campos y vida a los hombres y a las bestias. Aún pretendiendo seguir al Señor, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad también en un dios comprensible y previsible, del que creía poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios. Israel estaba cediendo a la seducción de la idolatría, la continua tentación del creyente, figurándose poder “servir a dos señores” (cfr Mt 6,24; Lc 16,13), y de facilitar los caminos inescrutables de la fe en el Omnipotente poniendo su confianza también en un dios impotente hecho por hombres.

Precisamente para desenmascarar la necedad engañosa de esta actitud, Elías hace reunir al pueblo de Israel en el monte Carmelo y le pone ante la necesidad de hacer una elección: “Si el Señor es Dios, seguidle; si es Baal, seguidle a él”(1Re 18, 21). Y el profeta, portador del amor de Dios, no deja sola a su gente ante esta elección, sino que la ayuda indicando el signo que revelará la verdad: tanto él como los profetas de Baal prepararán un sacrificio y rezarán, y el verdadero Dios se manifestará respondiendo con el fuego que consumirá la ofrenda. Comienza así la confrontación entre el profeta Elías y los seguidores de Baal, que en realidad es entre el Señor de Israel, Dios de salvación y de vida, y el ídolo mudo y sin consistencia, que no puede hacer nada, ni para bien ni para mal (cfr Jr 10,5). Y comienza también la confrontación entre dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de rezar.

Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan, saltan, entran en un estado de exaltación llegando a hacerse incisiones en el cuerpo, “con espadas y lanzas, hasta estar cubiertos de sangre”(1Re 18,28). Hacen recurso a sí mismos para interpelar a su dios, confiando en sus propias capacidades para provocar su respuesta. Se revela así la realidad engañosa del ídolo: éste está pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de sí mismos y de la propia fuerza vital. La adoración del ídolo, en lugar de abrir el corazón humano a la Alteridad, a una relación liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio egoísmo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el círculo exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí misma. Y el engaño es tal que, adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad. Por ello los profetas de Baal llegan hasta hacerse daño, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dramáticamente irónico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubriéndose simbólicamente de muerte.

Muy distinta es la actitud de oración de Elías. Él pide al pueblo que se acerque, implicándolo así en su acción y en su súplica. El objetivo del desafío dirigido por él a los profetas de Baal era el de volver a llevar a Dios al pueblo que se había extraviado siguiendo a los ídolos; por eso quiere que Israel se una a él, convirtiéndose en partícipe y protagonista de su oración y de cuanto está sucediendo. Después el profeta erige un altar, utilizando, como recita el texto, “doce piedras, conforme al número de los hijos de Jacob, a quien el Señor había dirigido su palabra, diciéndole: Te llamarás Israel” (v. 31). Esas piedras representan a todo Israel y son la memoria tangible de la historia de elección, de predilección y de salvación de que el pueblo ha sido objeto. El gesto litúrgico de Elías tiene una repercusión decisiva; el altar es el lugar sagrado que indica la presencia del Señor, pero esas piedras que lo componen representan al pueblo, que ahora, por mediación del profeta, está puesto simbólicamente ante Dios, se convierte en "altar", lugar de ofrenda y de sacrificio.

Pero es necesario que el símbolo se convierta en realidad, que Israel reconozca al verdadero Dios y vuelva a encontrar su propia identidad de pueblo del Señor. Por ello Elías pide a Dios que se manifieste, y esas doce piedras que debían recordar a Israel su verdad sirven también para recordar al Señor su fidelidad, a la que el profeta apela en la oración. Las palabras de su invocación son densas en significado y en fe: “¡Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel! Que hoy se sepa que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya hice todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón” (vv. 36-37; cfr Gen 32, 36-37). Elías se dirige al Señor llamándole Dios de los Padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de elección y de alianza que unió indisolublemente al Señor y a su pueblo. La implicación de Dios en la historia de los hombres es tal, que su Nombre está ya inseparablemente unido al de los Patriarcas, y el profeta pronuncia ese Nombre santo para que Dios recuerde y se muestre fiel, pero también para que Israel se sienta llamado por su nombre y vuelva a encontrar su fidelidad. El título divino pronunciado por Elías parece de hecho un poco sorprendente. En lugar de usar la fórmula habitual, “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, utiliza un apelativo menos común: “Dios de Abraham, de Isaac y de Israel”. La sustitución del nombre “Jacob” con “Israel” evoca la lucha de Jacob en el vado del Yaboq, con el cambio de nombre al que el narrador hace una referencia explícita (cfr Gen 32,31) y del que hablé en una de las catequesis pasadas. Esta sustitución adquiere un significado más dentro de la invocación de Elías. El profeta está rezando por el pueblo del reino del Norte, que se llamaba precisamente Israel, distinto de Judá, que indicaba el reino del Sur. Y ahora, este pueblo, que parece haber olvidado su propio origen y su propia relación privilegiada con el Señor, se siente llamar por su nombre mientras se pronuncia el Nombre de Dios, Dios del Patriarca y Dios del pueblo: “Señor, Dios […] de Israel, que se sepa hoy que tu eres Dios en Israel”.

El pueblo por el que reza Elías es puesto ante su propia verdad, y el profeta pide que también la verdad del Señor se manifieste y que Él intervenga para convertir a Israel, apartándolo del engaño de la idolatría y llevándolo así a la salvación. Su petición es que el pueblo finalmente sepa, conozca en plenitud quien es verdaderamente su Dios, y haga la elección decisiva de seguirle sólo a Él, el verdadero Dios. Porque sólo así Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de ponerle junto a otros dioses, que Le negarían como absoluto, relativizándole. Esta es la fe que hace de Israel el pueblo de Dios; es la fe proclamada en el bien conocido texto del Shema‘ Israel: “ Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt6,4-5). Al absoluto de Dios, el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su corazón. Y es precisamente para el corazón de su pueblo que el profeta con su oración está implorando conversión: “que este pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón” (1Re 18,37). Elías, con su intercesión, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a su propia realidad de Señor de la vida que perdona, convierte, transforma.

Y esto es lo que sucede: “cayó el fuego del Señor: Abrasó el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y secó el agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y dijo: ‘¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!’” (vv. 38-39). El fuego este elemento a la vez necesario y terrible, ligado a las manifestaciones divinas de la zarza ardiente y del Sinaí, ahora sirve para mostrar el amor de Dios que responde a la oración y se revela a su pueblo. Baal, el dios mudo e impotente, no había respondido a las invocaciones de sus profetas; el Señor en cambio responde, y de forma irrevocable, no sólo quemando el holocausto, sino incluso secando toda el agua que había sido derramada en torno al altar. Israel ya no puede tener dudas; la misericordia divina ha salido al encuentro de su debilidad, de sus dudas, de su falta de fe. Ahora, Baal, el ídolo vano, está vencido, y el pueblo, que parecía perdido, ha encontrado el camino de la verdad y se ha reencontrado a sí mismo.

Queridos hermanos y hermanas, ¿qué nos dice a nosotros esta historia del pasado? ¿Cuál es el presente de esta historia? Ante todo está en cuestión la prioridad del primer mandamiento; adorar sólo a Dios. Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatrías, como han mostrado, en nuestro tiempo, los regímenes totalitarios, y como muestran también diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos, de idolatrías; le esclavizan. Segundo, el objetivo primario de la oración es la conversión: el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios, y así, de vivir según Dios y de vivir para el otro. Y el tercer punto. Los Padres nos dicen que también esta historia de un profeta es profética, si – dicen – es sombra del futuro, del futuro Cristo; es un paso en el camino hacia Cristo. Y nos dicen que aquí vemos el verdadero fuego de Dios: el amor que guía al Señor hasta la cruz, hasta el don total de sí. La verdadera adoración de Dios, entonces, es darse a sí mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. Gracias.

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México y otros países Latinoamericanos. Invito a todos a pedir al Señor que nos haga capaces de ser auténticos mediadores ante nuestros hermanos, y así indicar el camino de la fe del único Dios, que quiere revelarse a todos los hombres para convertirlos y llevarlos a la salvación.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

Written by Salvador Carbó

16 junio, 2011 at 9:07

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Benedicto XVI: “el perdón es renovación y transformación”

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CIUDAD DEL VATICANO; miércoles 1 de junio de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General, continuando con el ciclo de catequesis sobre la oración.

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

leyendo el Antiguo Testamento, una figura destaca entre otras: la de Moisés, como hombre de oración. Moisés, el gran profeta y guía en el tiempo del Éxodo, ejerció su función de mediador entre Dios e Israel, haciéndose portador, hacia el pueblo, de las palabras y mandatos divinos, conduciéndolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, enseñando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios, durante la larga estancia en el desierto, pero también, sobre todo, rezando. Reza por el Faraón cuando Dios, con las plagas, intentaba convertir el corazón de los egipcios (cfr Ex 8–10); pide al Señor la curación de la hermana María, enferma de lepra (cfr Nm 12,9-13), intercede por el pueblo que se había rebelado, aterrorizado por el informe de los exploradores (cfr Nm 14,1-19), reza cuando el fuego estaba devorando el campamento (cfr Nm 11,1-2) y cuando serpientes venenosas estaban haciendo una masacre (cfr Nm 21,4-9); se dirige al Señor y reacciona protestando cuando el peso de su misión se hizo demasiado pesado (cfr Nm 11,10-15); ve a Dios y habla con Él “cara a cara, como uno habla con su amigo” (cfr Ex 24,9-17; 33,7-23; 34,1-10.28-35).

También cuando el pueblo, en el Sinaí, pide a Aarón hacer un novillo de oro, Moisés reza, explicando de modo emblemático su propia función de intercesor. El episodio está narrado en el capítulo 32 del Libro del Éxodo y tiene un relato paralelo en el Deuteronomio en el capítulo 9. Es en este episodio donde quisiera detenerme en la catequesis de hoy, en particular en la oración de Moisés que encontramos en la narración del Éxodo. El pueblo se encontraba a los pies del Monte Sinaí, mientras Moisés, en la cima del monte, esperaba el don de las Tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta días y cuarenta noches (cfr Ex 24,18; Dt 9,9). El número cuarenta tiene un valor simbólico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, es Él el que la sostiene. El hecho de comer, de hecho, implica la asunción del alimento que nos sostiene; por esto ayunar, renunciando a la comida, adquiere, en este caso, un significado religioso: es un modo de indicar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (cfr Dt 8,3). Ayunando, Moisés, indica que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esta desvela la voluntad de Dios y nutre el corazón del hombre, haciéndole entrar en una Alianza con el Altísimo, que es fuente de vida, es la vida misma.

Pero, mientras el Señor, sobre el monte, da a Moisés la Ley, a los pies del mismo el pueblo la desobedece. Incapaces de resistir en la espera y la ausencia del mediador, los israelitas piden a Aarón: Fabrícanos un Dios que vaya al frente de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a Moisés, ese hombre que nos hizo salir de Egipto” (Ex 32,1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos. Todo lo que sucede en el Sinaí muestra toda la necedad y vanidad ilusoria de esta pretensión porque, como afirma irónicamente el Salmo 106, “así cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto” (Sal 106,20).

Por esto el Señor reacciona y ordena a Moisés que descienda del monte, revelándole lo que el pueblo está haciendo y terminando con estas palabras: “Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación” (Ex 32,10). Como con Abraham con respecto a Sodoma y Gomorra, también ahora Dios desvela a Moisés lo que pretende hacer, como si no quisiese actuar sin su consentimiento (cfr Am 3,7). Dice: “mi ira arderá contra ellos”. En realidad, este “mi ira arderá contra ellos” lo dice para que Moisés intervenga y le pida que no lo haga, revelando así que el deseo de Dios es siempre de salvación. Como para las dos ciudades en tiempos de Abraham, el castigo y la destrucción, con los que se expresa la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petición del intercesor pretende manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero que siempre denuncia la verdad del pecado, del mal que existe, así el pecador, reconociendo y rechazando el propio mal, pueda dejarse perdonar y transformar por Dios. La oración de intercesión hace operativa de esta manera, dentro de la realidad corrupta del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra su voz en la súplica del que reza y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación.

La súplica de Moisés se centra en la fidelidad y la gracia del Señor. Este se refiere primero a la historia de redención que Dios ha comenzado con la salida de Israel, para después recordar la antigua promesa hecha a los Padres. El Señor ha logrado la salvación liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia; ¿por qué entonces -pregunta Moisés-“tendrán que decir los Egipcios: ‘El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?’” (Ex 32,12). La obra de salvación que se ha comenzado debe ser completada; si Dios hiciese perecer a su pueblo, esto podría ser interpretado como el signo de una incapacidad divina de llevar a cumplimiento el proyecto de salvación. Dios no puede permitir esto: Él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de misericordia y de perdón, de liberación del pecado que mata. Y así Moisés apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Pero entonces, argumenta Moisés con el Señor, si sus elegidos perecen, aunque si son culpables. Él podría parecer como incapaz de vencer al pecado. Y esto no se puede aceptar. Moisés ha tenido una experiencia concreta del Dios de salvación, y ha sido enviado como mediador de la liberación divina y reza con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero además está también preocupado por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El intercesor quiere, de hecho, que el pueblo de Israel se salve, porque es el rebaño que se le ha confiado, pero también para que en esa salvación se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor por los hermanos pero también por Dios que se complementan en la oración de intercesión, son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre dividido entre dos amores, que en la oración se unen en un único deseo de bien.

Después, Moisés apela a la fidelidad de Dios, haciéndole recordar sus promesas: “Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: ‘Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia’” (Ex 32,13). Moisés hace memoria de la historia fundadora de los orígenes, de los Padres del pueblo y de su elección, totalmente gratuita, en la que sólo Dios había tenido la iniciativa. No por sus méritos, ellos recibieron la promesa, sino por la libre elección de Dios y de su amor” (cfr Dt 10,15). Y ahora, Moisés pide que el Señor continúe fiel a su historia de elección y de salvación perdonando a su pueblo. La intercesión no excusa el pecado de su gente, no enumera presuntos méritos ni del pueblo ni suyos, pero si apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar al que se aleja, que permanece siempre fiel a sí mismo y que ofrece al pecador la posibilidad de volver a Él y convertirse, con el perdón, en justo y capaz de ser fiel. Moisés pide a Dios que se muestre más fuerte que el pecado y que la muerte, y con su oración provoca esta revelación divina. Mediador de vida, el intercesor se solidariza con el pueblo; deseoso sólo de la salvación que Dios mismo desea, el renuncia a la perspectiva de convertirse en un nuevo pueblo agradecido al Señor. La frase que Dios le había dirigido, “de ti, en cambio, suscitaré una gran nación”, no es, ni siquiera, tomada en consideración por el “amigo” de Dios, que sin embargo está preparado para asumir, no sólo, la culpa de su gente, también todas sus consecuencias. Cuando, después de la destrucción del becerro de oro, vuelva al monte de nuevo, a pedirle la salvación de Israel, dirá al Señor: “¡Si tú quisieras perdonarlo, a pesar de esto…! Y si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito” (v.32). Con la oración, deseando el deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se hace capaz de un amor que llega hasta el don total de sí mismo. En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios y que se hace intercesor por su pueblo, se ofrece a sí mismo – “bórrame” -, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente esta delante de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo. Y no sólo se ofrece – “bórrame” -, sino que con su corazón traspasado se hace “borrar”, se convierte, como dice el mismo san Pablo, en pecado, lleva consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros: su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y así toda la existencia de hombre y de Hijo es el grito al corazón de Dios, es perdón, pero un perdón que transforma y renueva.

Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y reza por mí. Su oración en la Cruz es contemporánea a todos los hombres, contemporánea a mí: Él reza por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en su identidad, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con Él, porque desde la alta cima de la Cruz, Él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se ha traído a sí mismo, su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos a Él, un cuerpo con Él, identificado con Él. Nos invita a entrar en esta identificación, a estar unidos a Él en nuestro deseo de ser un cuerpo, un espíritu con Él. Oremos al Señor para que esta identificación nos transforme, nos renueve, porque el perdón es renovación y transformación.

Querría terminar esta catequesis con las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma: “¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? […]ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,33-35.38.39)

Written by Salvador Carbó

1 junio, 2011 at 11:31

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Carta del Papa al Pontificio Instituto de Música Sacra

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 31 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la Carta que el Papa Benedicto XVI ha dirigido al Pontificio Instituto de Música Sacra, con motivo del centenario de su fundación, y que ha sido hecha pública hoy por la Santa Sede.

 * * * * *

Al venerado Hermano cardenal Zenon Grocholewski

Gran Canciller del Pontificio Instituto de Música Sacra

 Han transcurrido cien años desde cuando mi santo predecesor Pío X fundó la Escuela Superior de Música Sacra, elevada a Pontificio Instituto tras veinte años por el Papa Pío XI. Esta importante efeméride es motivo de alegría para todos los cultivadores de la música sacra, pero más en general para cuantos, a partir naturalmente de los Pastores de la Iglesia, dan peso a la importancia de la Liturgia, de la que el canto sacro es parte integrante (cfr Conc. Ecum. Vat II, Const. Sacrosanctum Concilium, 112). Estoy por tanto particularmente contento de expresar mis verdaderas felicitaciones por este evento y de formularle a Usted, venerado Hermano, al Director y a toda la comunidad del Pontificio Instituto de Música Sacra mis votos cordiales.

 Este Instituto, que depende de la Santa Sede, forma parte de la singular realidad académica constituida por las Universidades Pontificias romanas. De modo especial, está vinculado al Ateneo San Anselmo y a la orden benedictina, como atestigua también el hecho de que su sede didáctica esté colocada, desde 1983, en la abadía de San Girolamo in Urbe, mientras que la sede legal e histórica sigue estando en Sant’Apollinare. Al cumplirse el centenario, el pensamiento va a todos aquellos – y solo el Señor les conoce perfectamente – que cooperaron de alguna forma en la actividad de la Escuela Superior, antes, y después del Pontificio Instituto de Música Sacra: desde los Superiores que se sucedieron en su dirección, a los ilustres profesores, a las generaciones de alumnos. A la acción de gracias a Dios por los múltiples dones concedidos, se acompaña el reconocimiento por cuanto cada uno ha dado a la Iglesia, cultivando el arte musical al servicio del culto divino.

 Para captar claramente la identidad y la misión del Pontificio Instituto de Música Sacra, es oportuno recordar que el Papa san Pío X lo fundó ocho años después de haber emanado el Motu proprio Tra le sollecitudini, del 22 de noviembre de 1903, con el que llevó a cabo una profunda reforma en el campo de la música sacra, volviendo a la gran tradición de la Iglesia contra las influencias ejercidas por la música profana, especialmente operística. Esta intervención magisterial necesitaba, para su realización en la Iglesia universal, de un centro de estudio y de enseñanza que pudiese transmitir de modo fiel y cualificado las líneas indicadas por el Sumo Pontífice, según la auténtica y gloriosa tradición que se remonta a san Gregorio Magno. En el arco de los últimos cien años, esta Institución ha por tanto asimilado, elaborado y transmitido los contenidos doctrinales y pastorales de los Documentos pontificios, como también del Concilio Vaticano II, concernientes a la música sacra, para que puedan iluminar y guiar la obra de los compositores, de los maestros de capilla, de los liturgistas, de los músicos y de todos los formadores en este campo.

 Un aspecto fundamental, particularmente querido para mí, deseo poner de relieve a este propósito: cómo desde san Pío X hasta hoy se percibe, a pesar de la natural evolución, la sustancial continuidad del Magisterio sobre la música sacra en la Liturgia. En particular, los Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, a la luz de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, quisieron reafirmar el fin de la música sacra, es decir, “la gloria di Dio y la santificación de los fieles” (n. 112), y los criterios fundamentales de la tradición, que me limito a recordar: el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza; la plena adhesión a los textos y a los gestos litúrgicos; la implicación de la asamblea y, finalmente, la legítima adaptación a la cultura local, conservando al mismo tiempo la universalidad del lenguaje; la primacía del canto gregoriano, como modelo supremo de música sacra, y la sabia valoración de las demás formas expresivas, que forman parte del patrimonio histórico-litúrgico de la Iglesia, especialmente, pero no solo, la polifonía; la importancia de la schola cantorum, en particular en las iglesias catedrales. Son criterios importantes, que hay que considerar atentamente también hoy. A veces, de hecho, estos elementos, que se encuentran en la Sacrosanctum Concilium, como, precisamente, el valor del gran patrimonio eclesial de la música sacra o la universalidad que es característica del canto gregoriano, se consideraron expresiones de una concepción que respondía a un pasado que superar y descuidar, porque limitaba la libertad y la creatividad del individuo y de las comunidades. Pero tenemos que preguntarnos siempre de nuevo: ¿quién es el auténtico sujeto de la Liturgia? La respuesta es sencilla: la Iglesia. No es el individuo o el grupo el que celebra la Liturgia, sino que es ante todo acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica tradición y su creatividad. La Liturgia, y en consecuencia la música sacra, “vive de una relación correcta y constante entre sana traditio y legitima progressio, teniendo bien presente que estos dos conceptos – que los Padres conciliares claramente subrayaban – se integran mutuamente porque “la tradición es una realidad vive, que por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso” (Discurso al Pontificio Instituto Litúrgico, 6 de mayo de 2011).

 Todo esto, venerado Hermano, forma, por así decirlo, el “pan cotidiano” de la vida y del trabajo del Pontificio Instituto de Música Sacra. Sobre la base de estos sólidos y seguros elementos, a los que se añade una experiencia ya secular, os animo a llevar adelante con renovado ímpetu y compromiso vuestro servicio en la formación profesional de los estudiantes, para que adquieran una seria y profunda competencia en las diversas disciplinas de la música sacra. Así, este Pontificio Instituto seguirá ofreciendo una contribución válida para la formación, en este campo, de los pastores y de los fieles laicos en las diversas Iglesias particulares, favoreciendo también un adecuado discernimiento de la calidad de las composiciones musicales utilizadas en las celebraciones litúrgicas. Para estas importantes finalidades podéis contar con mi solicitud constante, acompañada por el particular recuerdo en la oración, que confío a la intercesión celestial de la Beata Virgen María y de santa Cecilia, mientras, augurando copiosos frutos de las celebraciones centenarias, de corazón le imparto a usted, al director, a los profesores, al personal y a todos los alumnos del Instituto una especial Bendición Apostólica.

 En el Vaticano, 13 de mayo de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

 

Written by Salvador Carbó

31 mayo, 2011 at 9:41

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