Espacio de Salvador

"siempre llenos de buen ánimo"

Archive for the ‘Documentos’ Category

“Logos 7–Sobre las virtudes”, de Isaías de Gaza (extracto del Ascetikón)

leave a comment »


Existen tres virtudes que tienen cuidado del espíritu y que él necesita: el impulso natural, el coraje viril y la prontitud. Hay tres virtudes que si el espíritu las tiene consigo, llega a la inmortalidad: el discernimiento que distingue una cosa de otra, ver las cosas de antemano y no obedecer nada extraño. Hay tres virtudes que dan cada día luz al espíritu: no conocer la malicia de ningún hombre, devolver bien por mal (Lucas 6,27) y soportar sin turbarse lo que viene contra él de los enemigos.

Estas tres virtudes engendran otras tres mayores que ellas: no conocer la malicia del hombre engendra la caridad, devolver bien por mal trae la concordia y soportar lo que viene en contra sin turbarse trae la dulzura. Hay cuatro virtudes que purifican el alma: el silencio, guardar los mandamientos, la angustia y la humildad. El espíritu necesita estas cuatro virtudes cada día: orar a Dios, postrarse ante Él cada día (Salmos 54,23; 1 Pedro 5,7), no preocuparse de ningún hombre para no juzgarlo y ser sordo a las palabras de las pasiones.

Cuatro virtudes fortifican el alma y le traen lo necesario para refugiarse de la turbación de los enemigos: la misericordia, la ausencia de cólera, la longanimidad y sacudirse toda la malicia del pecado que viene en contra nuestra; disponernos contra el olvido guarda de estas cosas. Hay cuatro virtudes que guardan al joven ante Dios; salmodiar en toda hora, no ser perezoso, la vigilia y no igualarse con nadie.

Los vicios. Por cuatro cosas el alma se ensucia: marchar por la ciudad sin guardar los ojos, por la razón que sea tener amistad con una mujer, tener amistad con los poderosos del mundo y preferir quedarse con sus parientes según la carne. Por cuatro cosas crece la fornicación en el cuerpo: por dormir hasta la saciedad, comer hasta hartarse, por las palabras desvergonzadas y por el adorno del cuerpo.

Por cuatro cosas se entenebrece el alma: por odiar al prójimo, por desdeñarlo, por tenerle envidia y por criticarlo. Por cuatro cosas queda el alma desierta: por ir de un lugar a otro, por amar la distracción, por el amor de las cosas materiales y por el amor al dinero (Mateo 6,24). Por cuatro cosas aumenta la cólera: dar y recibir en la avaricia, amar la propia voluntad, querer enseñar a otros, estimarse a sí mismo por sabio (Romanos 11,25, 12,16).

Hay tres cosas que el hombre adquiere con dificultad y que protegen todas las virtudes: el duelo, llorar por sus pecados y tener ante los ojos la propia muerte (Eclesiástico 28,6). Hay tres cosas que dominan el alma hasta que logra elevarse y que impiden a las virtudes habitar en el espíritu: la cautividad (cfr. Romanos 7,23), la indolencia y el olvido. El olvido combate al hombre atormentándole hasta su último aliento; es más fuerte que todos los pensamientos y engendra todas las malicia, las cosas construidas por el hombre las derriba en todo momento. Éstas son las obras del hombre nuevo y del hombre viejo (Colosenses 3,9): Aquel que ama su alma para no perderla, guarda las obras del hombre nuevo, el que desea el ocio de su alma en este breve tiempo hace las del hombre viejo, pero perderá su alma (Mateo 10,39).

Nuestro Señor Jesucristo manifiesta claramente las obras del hombre nuevo en su santo cuerpo: "Aquel que ama su alma la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará" (Mateo 10,39). En efecto, Él es Señor de la paz (2 Tesalonicenses 3,16), por Él se ha roto el muro de la enemistad (Efesios 2,14). Él decía: "No he venido a traer la paz, sino la espada" (Mateo 10,34). También dijo: "He venido a prender fuego a la tierra, y desearía que ya estuviese ardiendo" (Lucas 12,49). Esto significa que aquellos que han seguido su santa enseñanza están en el fuego de su divinidad; que han encontrado la espada del Espíritu (Efesios 6, 17), y se han hecho enemigos de todas las pasiones de su corazón y que Él les ha dado la paz, diciendo: "Mi paz os doy, mi paz os dejo" (Juan 14,27).

Aquellos que han tenido cuidado de no perder su alma en este mundo y han suprimido su voluntad han llegado a ser corderos santos para el sacrificio (Romanos 8,36). Y cuando vuelva en la gloria de su divinidad, los llamará a su derecha y les dirá: "Venid a mi, benditos de mi Padre, heredad el reino que os ha sido preparado antes de la creación del mundo; pues tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me visitasteis, estuve en prisión y vinisteis a mí" (Mateo 25,34­36). Los que han perdido su alma en este breve tiempo, se encontrarán en el tiempo de la angustia recibiendo una recompensa mucho más grande (Mateo 19,29) que aquella que esperaban recibir.

Pero aquellos que han realizado su voluntad y han conservado su alma en este mundo pecador, que se han perdido en la vanidad (Efesios 4,17) de sus riquezas y no han guardado los mandamientos pensando que hasta el fin se quedarían en este mundo (Santiago 4.13s), la vergüenza de su ceguera será manifestada en el momento del juicio, pues ellos se hicieron víctimas malditas y escucharán la terrible sentencia: "Apartaos de mí, malditos, a las tinieblas eternas que fueron preparadas para Satanás y sus ángeles. Pues tuve hambre y no medisteis de comer… (Mateo 25,41-43). Su boca ha sido cerrada y no han tenido qué decir, pues se han sometido a la falta de misericordia y el odio a los pobre les ha dominado. Pero ellos dijeron al Señor: "¿Cuándo te hemos visto y no te hemos servido?", y El los callará diciendo: "En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mateo 25,45).

¡Examinémonos, bienamados! Cada uno de nosotros, ¿sigue los mandamientos según su fuerza, o no? Pues todos tenemos que seguirlos: el pequeño según su pequeñez, el grande según su grandeza. En efecto, los que depositaban sus ofrendas en el tesoro del Templo eran ricos, pero tuvo (JESÚS) más alegría de la viuda pobre con sus dos óbolos (Marcos 12,41-44). Pues es nuestra voluntad lo que Dios observa (1 Samuel 16,7).

No demos lugar al desaliento en nuestro corazón, que el temor que nos envía no nos separe de Dios, sino sigamos sus mandamientos según nuestra pobreza. Pues Él mismo se apiadó de la hija del jefe de la sinagoga y la resucitó (Lucas 8,49-55); asimismo tuvo piedad de la mujer afligida, que se había gastado todo lo que tenía en médicos antes de conocer a Cristo (Lucas 8,42-44). Y curó al siervo del centurión porque le creyó (Mateo 8,5-13), _y se apiadó de aquella mujer cananea y curó a su hija (Mateo 15,22-28). Lo mismo que resucita a Lázaro, su amigo (Juan 11,41-44), resucita a la hija de la mujer pobre a causa de sus lágrimas (Lucas 7,11-15). Y no aparta de su lado a María, que había ungido sus pies con perfumes (Juan 12,3-8), ni tampoco desdeñó a la pecadora que ungió sus pies con perfumes y con sus lágrimas (Lucas 7,37-50). Así como llamó a Pedro y a Juan en su barca, diciendo: venid conmigo" (Mateo 4,18s), también llama a Mateo que estaba sentado en el puesto de tributos (Mateo 9,9). Y como lavó los pies a sus discípulos, así también se los lavó a Judas, sin hacer diferencia (Juan 13,5-11). Y lo mismo que el Espíritu Paráclito vino sobre los discípulos (Hechos 2,1-4), así vino también sobre Cornelio claramente (Hechos 10,22-44). Y lo mismo que requirió a Ananías en Damasco por Pablo diciendo: "Él es para mi vaso de elección" (Hechos 9,15); así requirió a Felipe en Samaria por el etíope de Candaces (Hechos 8,26-39). Pues no hace acepción de personas (Romanos 2,11), pequeños o grandes, ricos o pobres; sino que es la voluntad lo que busca (1 Samuel 16,7) en el hombre, la fe, guardar sus mandamientos y la caridad hacia todos. Ésta es, en efecto, un sello para el alma cuando salsa del cuerpo (Apocalipsis 7.3), por eso ordena a sus discípulos diciendo: "Todos reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Juan 13,35). ¿De quién dice «todos reconocerán, sino de las potencias de la derecha y de la izquierda? (cfr. Mateo 25,34-43); en efecto, una vez que las potencias adversas vean el signo de la caridad que va con el alma, se apartarán de ella con temor y se reunirán a su lado todas las potencias santas.

Luchemos, bienamados, según nuestra fuerza, por adquirir la caridad, para que nuestros enemigos no nos atrapen. El mismo Señor dijo: "Es imposible ocultar la ciudad construida sobre la montaña" (Mateo 5,14), ¿de qué montaña habla, si no es de su santa e inmutable palabra? Hagamos, bienamados, el trabajo de realizar con celo y ciencia su palabra que dice: "Aquel que me ama, guarda mis mandamientos" (Juan 14.23). De modo que vuestros trabajos sean como una ciudad seguridad y fortificada (Salinos 30.22) que nos guarde de nuestros enemigos, hasta que os encontréis con Él.

Pues si nos hallamos seguros (1 Juan 4.17), todos nuestros enemigos serán abatidos gracias a su palabra, que es la montaña, según se ha escrito en Daniel: "Una piedra se separó, sin intervención de mano alguna, y derriba la estatua de oro, plata, bronce, hierro y arcilla" (Daniel 2,34); por eso dijo el Apóstol: "Revestíos de la armadura de Dios, para que resistáis la fuerza del diablo, pues no luchamos contra la sangre ni la carne, sino contra los principados, las potencias, los maestros del mundo tenebroso, los espíritus del mal que habitan el aire superior’ (Efesios 6,11 s). Estos cuatro principados son esta estatua, que representa al Enemigo, y son los que ha destruido el Verbo santo venido del Padre, como está escrito: "Vi que la piedra que derriba la estatua y la dispersa como arena, llega a ser una gran montaña que cubre toda la tierra" (Daniel 2,35).

Pongámonos, hermanos, bajo su protección, para que nos sea un lugar de refugio (cfr. Salmos 30,3) y nos salve de esas cuatro potencias malvadas, para que también escuchemos la noticia de alegría en compañía de todos sus santos, que serán reunidos ante Él desde los cuatro rincones de la tierra (cfr. Mateo 24,31, Apocalipsis 7,1 s), cuando cada uno comprenderá su propia bendición conforme a sus obras, así está escrito: "Jesús subió a una gran montaña y se sentó, y un gran genio se reunió ante él, de Judea, de Galilea, de la costa del mar y del otro lado del Jordán; abrió la boca, dirigiéndose a los que habían hecho su voluntad, y dio: "Bienaventurados los pobres en el espíritu, pues de ellos es el Reino de los Cielos…" (Mateo 4. 25-5,12).

Su santo nombre tiene poder para estar con nosotros (2 Corintios 9,8) y darnos la fuerza para no dejar que nuestro corazón se extravíe por el olvido del Enemigo; así nos guarda según su poder para que soportemos todo lo que venga contra nosotros por causa de su nombre, de modo que hallemos misericordia (Hebreos 4,16) en compañía de los que han sido juzgados dignos de las bendiciones que antes dije. Por Él se da gloria a Dios Padre con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Anuncios

Written by Salvador Carbó

6 diciembre, 2011 at 13:48

Síntesis de la subida al monte Carmelo, de San Juan de la Cruz

leave a comment »


MODO PARA VENIR AL TODO

Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.

MODO DE TENER AL TODO

Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a gustarlo todo,
no quieras gustar algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.

MODO PARA NO IMPEDIR AL TODO

Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo.
Porque para venir de todo al todo,
has de dejar del todo a todo.
Y cuando lo vengas todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.
Porque si quieres tener algo en todo
no tienes puro en Dios tu tesoro

INDICIO DE QUE SE TIENE TODO

En esta desnudez halla el
espíritu quietud y descanso,
porque como nada codicia,
nada le impele hacia arriba y
nada le oprime hacia abajo,
que está en el centro de su humildad.
Que cuando algo codicia
en eso mismo se fatiga.

síntesis subida al monte carmelo, san juan de la cruz

Cuando con propio amor nada quise

Dióseme todo sin ir tras ello.

Después que me he puesto en nada

Hallo que nada me falta

Nada, nada, nada, nada, nada

Y en el Monte nada

Ya por aquí no hay camino

Que para el justo no hay ley.

San Juan de la Cruz. Subida del Monte Carmelo

Written by Salvador Carbó

28 noviembre, 2011 at 9:46

Benedicto XVI: oración y sentido religioso

leave a comment »


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 11 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todo el mundo, en la Audiencia General que se ha celebrado esta mañana en la Plaza de San Pedro

* * * * *

Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera continuar reflexionando sobre cómo la oración y el sentido religioso forman parte del hombre a lo largo de toda su historia.

Vivimos en una época en la que son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente. Vemos, sin embargo, al mismo tiempo, muchos signos que nos indican un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, de superar una visión puramente horizontal, material, de la vida humana. Analizando la historia reciente, ha fracasado la previsión de quien, en la época de la Ilustración, anunciaba la desaparición de las religiones y exaltaba la razón absoluta, separada de la fe, una razón que habría ahuyentado las tinieblas de los dogmas religiosos y que habría disuelto “el mundo de lo sagrado”, restituyendo al hombre su libertad, su dignidad y su autonomía de Dios. La experiencia del siglo pasado, con las dos trágicas Guerras Mundiales pusieron en crisis aquel progreso que la razón autónoma, el hombre sin Dios, parecía poder garantizar.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia … Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres” (nº 2566). Podríamos decir – como mostré en la catequesis anterior – que no ha habido ninguna gran civilización, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, que no haya sido religiosa.

El hombre es religioso por naturaleza, es homo religiosus como es homo sapiens y homo faber: “el deseo de Dios – afirma también el Catecismo – está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios” (nº27). La imagen del Creador está impresa en su ser y siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica. El homo religiosus no emerge sólo del mundo antiguo, sino que atraviesa toda la historia de la humanidad. Para este fin, el rico terreno de la experiencia humana ha visto surgir diversas formas de religiosidad, en el tentativo de responder al deseo de plenitud y de felicidad, a la necesidad de salvación, a la búsqueda de sentido. El hombre “digital” así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena. Por lo demás, la vida sin un horizonte trascendente no tendría una sentido completo, y la felicidad a la que tendemos, se proyecta hacia un futuro, hacia un mañana que se tiene que cumplir todavía. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Nostra aetate, lo subrayó sintéticamente. Dice: “Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?” (nº1). El hombre sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental de entender. Aunque sea iluso y crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismo hacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de su deseo.

El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la historia, define la oración como la “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”. Esta atracción hacia Dios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades según la historia, el tiempo, el momento, la gracia y finalmente el pecado de cada uno de los que rezan. La historia del hombre ha conocido, en efecto, variadas formas de oración, porque él ha desarrollado diversas modalidades de apertura hacia lo Alto y hacia el Más Allá, tanto que podemos reconocer la oración como una experiencia presente en toda religión y cultura.

De hecho, queridos hermanos y hermanas, como vimos el pasado miércoles, la oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona y de toda civilización. Naturalmente, cuando hablamos de la oración como experiencia del hombre en cuanto a tal, del homo orans, es necesario tener presente que esta es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras. La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona; por esto no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, puede estar sujeta a malentendidos y mistificaciones. También en este sentido podemos entender la expresión: rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, de la tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. Por esto, la experiencia de la oración es un desafío para todos, una “gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.

En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre se considera a sí mismo y a su situación frente a Dios, a partir de Dios y respecto a Dios, y experimenta ser criatura necesitada de ayuda, incapaz de procurarse por sí mismo el cumplimiento d ella propia existencia y de la propia esperanza. El filósofo Ludwig Wittgenstein recordaba que “rezar significa sentir que el sentido del mundo está fuera del mundo”. En la dinámica de esta relación con quien da el sentido a la existencia, con Dios, la oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, “pecador”. En la experiencia de la oración, la criatura humana expresa toda su conciencia de sí misma, todo lo que consigue captar de su existencia y, a la vez, se dirige, toda ella, al Ser frente al cual está, orienta su alma a aquel Misterio del que espera el cumplimiento de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de la propia vida. En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente.

Sin embargo, sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre. La oración que es la apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en una relación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombre al misterioso encuentro de la oración. Como afirma el Catecismo: “Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación” (nº2567).

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a estar más tiempo delante de Dios, al Dios que se ha revelado en Jesucristo, aprendamos a reconocer en el silencio, en la intimidad de nosotros mismos, su voz que nos llama y nos reconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente de la vida, al manantial de la salvación, para hacernos ir más allá de los límites de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, a la relación con Él que es Infinito Amor. ¡Gracias!

[En español dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los jóvenes de Guatapé, Colombia, así como a los grupos provenientes de España, México, Panamá, Argentina y otros países latinoamericanos. Os invito a que entrando en el silencio de vuestro interior aprendáis a reconocer la voz que os llama y os conduce a lo más intimo de vuestro ser, para abriros a Dios, que es Amor Infinito. Muchas gracias.

[En italiano dijo]

Me dirijo, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, exhortando a todos a intensificar la práctica piadosa del Santo Rosario, especialmente en este mes de mayo dedicado a la Madre de Dios. Os invito a vosotros, queridos jóvenes, a valorar esta tradicional oración mariana, que ayuda a comprender mejor y a asimilar los momentos centrales de la salvación realizada por Cristo. Os exhorto a vosotros, queridos enfermos, a dirigiros con confianza a la Virgen María mediante este pío ejercicio, confiándole a Ella todas vuestras necesidades. Os exhorto a vosotros, queridos recién casados, a hacer del rezo del Rosario en familia, un momento de crecimiento espiritual bajo la mirada de la Virgen María.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

© Copyright 2011 – Libreria Editrice Vaticana]

Written by Salvador Carbó

12 mayo, 2011 at 7:45

Publicado en Documentos, Fe

Tagged with , ,

Logos 2 – Del abba Isaías: sobre el espíritu, según su naturaleza

leave a comment »


Deseo que conozcáis, hermanos míos, que en el principio cuando Dios creó al hombre, lo puso en medio del Paraíso (Génesis 2,15), en posesión de sus facultades sanas y según su naturaleza, pero cuando el hombre dio crédito a aquel que le hizo caer (Génesis 3,13), todos sus sentidos se cambiaron en contra de su estado natural, y el hombre fue privado de su gloria (Romanos 3,23).

Nuestro Señor Jesucristo, a causa de su gran amor, tuvo misericordia del género humano (Tito 3,5), y el Verbo se hizo carne (Juan 1,14), es decir, vino a ser un hombre perfecto en todo, como nosotros en todo, excepto en el pecado (Hebreos 4,15), para volver lo que estaba cambiado conforme a la forma del estado natural de su santo cuerpo. Teniendo misericordia del hombre, lo devuelve al Paraíso y lo coloca en medio de aquellos que lo esclavizaron y le da los mandamientos para vencer a quien lo había expulsado de su gloria (Romanos 3,23); así nos muestra un servicio santo (Santiago 1,27; Romanos 12,1) y una ley pura, de manera que el hombre permanezca en adelante conforme a la naturaleza en la cual Dios lo había creado.

Quien desee alcanzar este estado natural, que reprima todas las concupiscencias de la carne (Efesios 2,3) para mantenerse dentro de la conformidad con su naturaleza.

Cuando aparece naturalmente el deseo en el espíritu, si no es según Dios, no hay caridad; por eso Daniel fue llamado "varón de deseos" (Daniel 9,23). A este deseo el Enemigo lo ha transformado en deseo vergonzoso, para desear todo lo impuro. En el espíritu aparece de forma natural la envidia, y si no es según Dios (Romanos 10,2), no hay crecimiento, según lo que ha escrito el Apóstol: "Aspirad a los carismas superiores" (1 Corintios 12,31). Pero en nosotros, esta envidia según Dios ha sido cambiada a un estado en contra de la naturaleza, de forma que nos envidiamos unos a otros y, envidiándonos, nos mentimos (Colosenses 3,9). La cólera aparece en el espíritu conforme a su naturaleza; sin cólera no habría pureza en el hombre, sin irritarse contra todo lo que el enemigo siembra en él (Mateo 13,25); como Fineas, hijo de Eleazar, que en su cólera mató al hombre y la mujer, y cesó sobre su pueblo la cólera de Dios (Números 25,75).

Pero en nosotros la cólera ha sido transformada para que nos irritemos contra nuestro prójimo a causa de motivos insensatos e inútiles (1 Timoteo 6,9). En el espíritu, de acuerdo con su naturaleza, hay un odio, y cuando Elías lo encontró, mató a los profetas de la impiedad (1 Reyes 18,40); del mismo modo Samuel mató a Agag, rey de Amalec (1 Samuel 15,33), pues sin odio hacia el Enemigo el honor no se manifiesta al alma (2 Pedro 1,4). Pero en nosotros el odio se ha transformado en contra de su naturaleza y hace que odiemos a nuestro prójimo y lo despreciemos; este mismo odio es el que expulsa a todas las virtudes.

De su naturaleza surge en el espíritu concebir pensamientos de orgullo contra el Enemigo; quien lo encuentra, como Job, insulta a sus enemigos y les dice: "Viles y despreciables, faltos de todo bien, que yo no considero dignos ni de los perros de mi casa" (Job 30,4).

Pero en nosotros esta concepción de pensamientos de orgullo contra los enemigos fue cambiada; así, hemos sido humillados delante de ellos y nos enorgullecemos unos contra otros, nos provocamos mutuamente, nos tenemos por más justos que nuestro prójimo y con este orgullo Dios llega a ser enemigo para el hombre (Santiago 4,4-6): He aquí cómo lo que había sido creado en el hombre, cuando comió de la desobediencia (Génesis 3,7; Romanos 1,26) se transformó en pasiones impías (Santiago 4,4-6). Esforcémonos, bienamados, por abandonarlas y así adquirir lo que nos muestra nuestro Señor Jesucristo en su santo cuerpo, pues Él es santo y habita en los santos (Levítico 11,44s).

Cuidemos nosotros mismos aquello que complace a Dios (Efesios 5,10) y, según nuestras fuerzas, realizando nuestra obra y sopesando nuestros miembros, de forma que estén conformes con su naturaleza, encontremos misericordia en la hora de la tentación que sobrevendrá a todo el universo (Apocalipsis 3,10), implorando sin cesar a su bondad que su auxilio venga en ayuda de nuestra bajeza y nos salve de la mano de todos nuestros enemigos (Salmos 30,16). Él es la fuerza, el auxilio y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

Written by Salvador Carbó

6 marzo, 2011 at 14:41

Nueva versión del "Resucitó"

with 3 comments


 

Se ha publicado recientemente el cantoral con los Cantos del Camino. Este es el documento RESUCITO19Edicion2010.

Publicamos a continuación la nota al mismo.

NOTA A LA DECIMONOVENA EDICIÓN

Queridos hermanos,
Con esta nueva edición del libro de cantos del Camino Neocatecumenal hemos finalizado la revisión que ya iniciamos en la decimoctava edición anterior, y que confiamos contribuya a realizar con mayor fidelidad y amor este servicio de cantores, mediante este tesoro que son los cantos del Camino.
En esta nueva edición hemos incorporado todos los cantos que Kiko ha compuesto y enseñado en las convivencias de inicio de curso de los últimos años; hemos introducido algunos cantos y estrofas inéditas que hemos recuperado de grabaciones archivadas en el Centro Neocatecumenal, y que con el paso del tiempo se habían perdido; hemos ajustado, corregido y mejorado la estructura de los textos de todos los cartones con el objetivo de facilitar la lectura y ejecución del canto; adicionalmente, hemos incorporado algunos cantos que no se habían traducido al español y que formaban parte del libro de cantos en Italia.
Notaréis que en esta edición hemos reorganizado un conjunto numeroso de cantos, cambiándolos de posición y color; tenéis a vuestra disposición en la página siguiente el detalle completo. Esta nueva clasificación persigue una clasificación más ajustada a cómo los hermanos van recibiendo los cantos de sus catequistas, a medida que la comunidad avanza en las distintas etapas y pasos del Camino; para realizar esta clasificación nos hemos basado en las Orientaciones a los equipos de catequistas.
Como siempre tenéis a vuestra disposición la Secretaría del Centro para comunicar cualquier incidencia o sugerencia que contribuya a mejorar este instrumento al servicio de la comunidad.

Centro Neocatecumenal Diocesano de Madrid
Octubre 2010

Written by Salvador Carbó

17 noviembre, 2010 at 10:37

El auténtico arte sacro

leave a comment »


Por Rodolfo Papa*
El arte sacro tiene la tarea de servir con la belleza a la sagrada liturgia. En la Sacrosanctum Concilium está escrito: “La Iglesia nunca consideró como propio ningún estilo artístico, sino que acomodándose al carácter y condiciones de los pueblos y a las necesidades de los diversos ritos, aceptó las formas de cada tiempo, creando en el curso de los siglos un tesoro artístico digno de ser conservado cuidadosamente” (n. 123).
La Iglesia, por tanto, no elige un estilo; esto quiere decir que no privilegia el barroco o el neoclásico o el gótico, sino que todos los estilos son capaces de servir al rito. Esto no significa, evidentemente, que cualquier forma de arte pued a o deba ser aceptada acríticamente, de hecho en el mismo documento, se afirma con claridad: “la Iglesia se consideró siempre, con razón, como árbitro de las mismas, discerniendo entre las obras de los artistas aquellas que estaban de acuerdo con la fe, la piedad y las leyes religiosas tradicionales y que eran consideradas aptas para el uso sagrado” (n. 122). Resulta útil, por tanto, preguntarse “qué” forma artística puede responder mejor a las necesidades de un arte sacro católico, o lo que es lo mismo, “cómo” el arte puede servir mejor “con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia”.
Los documentos conciliares no derrochan palabras, y sin embargo dan directivas precisas: el arte sacro auténtico debe buscar “noble belleza” y no “mera suntuosidad”, no debe contrariar a la fe, las costumbres, la p iedad cristiana, u ofender el “genuino sentido religioso”. Este último punto viene explicitado en dos direcciones: las obras de arte sacro pueden ofender el sentido religioso genuino bien “por la depravación de las formas”, es decir, formalmente inoportunas, o “por la insuficiencia, la mediocridad o la falsedad del arte” (n. 124). Se requiere al arte sacro la propiedad de una forma bella, “no depravada”, y la capacidad de expresar de forma apropiada y sublime el mensaje. Un claro ejemplo está presente también en la Mediator Dei, en la que Pío XII pide un arte que evite “el realismo excesivo por una parte, y por otra, el exagerado simbolismo” (n. 190).
Estas dos expresiones se refieren a expresiones históricas concretas. Encontramos de hecho “excesivo realismo” en la compleja corriente cultural del Realismo, nacido como reacción al sentimentalismo tardorromántico de la pintura de moda, y que podemos encontrar también en la nueva función social asignada al papel del artista, con peculiar referencia a temas tomados directamente de la realidad contemporánea, y también además la podemos relacionar con la concepción propiamente marxista del arte, que conducirán a las reflexiones estéticas de la II Internacional, hasta las teorías expuestas por G. Lukacs. Además, hay “excesivo realismo” también en algunas posturas propiamente internas a la cuestión del arte sacro, e sea, en la corriente estética que entre finales del siglo XIX y principios del XX propuso pinturas que tratan temas sagrados sin afrontar correctamente la cuestión, con excesivo verismo, como por ejemplo una Crucifixión pintada por Max Klinger, que ha sido definida como una composición “mixta de elementos de un verismo brutal y de principios puramente idealistas” (C. Costantini, Il Crocifisso nell’arte, Florencia 1911, p. 164).
Encontramos en cambio “exagerado simbolismo” en otra corriente artística que se contrapone a la realista. Entre los precursores del pensamiento simbolista se pueden encontrar G. Moureau, Puvis de Chavannes, O. Redon, y más tarde se adhirieron a esta corriente artistas como F. Rops, F. Khnopff, M. J. Whistler. En los mismos años, el crítico C. Morice elaboró una verdadera y propia teoría simbolista, definiéndola como una síntesis entre espíritu y sentidos. Hasta llegar luego, después de 1890, a una auténtica doctrina llevada adelante por el grupo de los Nabis, con P. Sérusier, que fue su teórico, por el grupo de los Rosacruces que unía tendencias místicas y teosóficas, y finalmente por el movimiento del convento benedictino de Beuro n.
La cuestión se aclara más, por tanto, si se encuadra inmediatamente en los términos histórico-artísticos correctos; en el arte sacro es necesario evitar los excesos del inmanentismo por una parte y del esoterismo por la otra. Es necesario emprender el camino de un “realismo moderado” junto a un simbolismo motivado, capaces de captar el desafío metafísico, y de realizar, como afirma Juan Pablo II en la Carta a los Artistas un medio metafórico lleno de sentido. Por tanto, no un hiperrealismo obsesionado por un detalle que siempre se escapa, sino un sano realismo que en el cuerpo de las cosas y en el rostro de los hombres sabe leer y aludir, y reconocer la presencia de Dios.
En el mensaje a los artistas se dice: “Vosotros [los artistas] la habéis ayudado [a la Iglesia] a traducir su divino mensaje en el lenguaje de las formas y de las figuras, a hacer perceptible el mundo invisible”. Me parece que en este pasaje se toca el corazón del arte sacro. Si el arte, todo arte, da forma a la materia, expresa lo universal mediante lo particular, el arte sacro, el arte al servicio de la Iglesia, lleva a cabo también la sublime mediación entre lo invisible y lo visible, entre el divino mensaje y el lenguaje artístico. Al artista se le pide que de forma a la materia re-creando incluso ese mundo invisible pero real que es la suprema esperanza del hombre.
Todo esto me parece que conduce hacia una afirmación del arte figurativo – o sea, un arte que se empeña en “figurar” la realidad – como máximo instrumento de servicio, como mejor posibilidad de un arte sacro. El arte realista figurativo, de hecho, logra servir adecuadamente al culto católico, porque se funda en la realidad creada y redimida y, precisamente comparándose con la realidad, consigue evitar los escollos opuestos de los excesos. Precisamente por esto se puede afirmar que lo más propio del arte cristiano de todos los tiempos es un horizonte de “realismo moderado”, o si queremos, de “realismo antropológico”, dentro del cual se han desarrollado, en el tiempo, todos los estilos propios del arte cristiano (dada la complejidad del tema, remito a artículos posteriores).
El artista que quiera servir a Dios en la Iglesia, no puede sino medirse con la “imagen”, la cual hace perceptible el mundo invisible. Al artista cristiano se le pide, por tanto, un compromiso particular: el de representar la realidad creada y, a través de ella, ese “más allá” que la explica, la funda, la redime. El arte figurativo no debe tampoco temer como inactual la “narración”, el arte es siempre narrativo, tanto más cuando se pone al servicio de una historia que ha sucedido, en un tiempo y en un espacio. Por la particularidad de esta tarea, al artista se le pide también que sepa “qué narrar”: conocimiento evangélico, competencia teológica, preparación histórico-artística y amplio conocimiento de toda la tradición iconográfica de la Iglesia. Por otra parte, la teología misma tiende a hacerse cada vez más narrativa.
La obra de arte sacro, por tanto, constituye un instrumento de catequesis, de meditación, de oración, siendo destinada “al culto católico, a la edificación, a la piedad y a la instrucción religiosa de los fieles”; los artistas, como recuerda el ya muchas veces citado mensaje de la Iglesia a los artistas, han “edificado y decorado sus templos, celebrado sus dogmas, enriquecido su liturgia” y deben seguir haciéndolo.
Así también hoy nosotros somos llamados a realizar en nuestro tiempo obras y tr abajos dirigidos a edificar al hombre y a dar Gloria a Dios, como recita la Sacrosanctum Concilium: “También el arte de nuestro tiempo, y el de todos los pueblos y regiones, ha de ejercerse libremente en la Iglesia, con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia; para que pueda juntar su voz a aquel admirable concierto que los grandes hombres entonaron a la fe católica en los siglos pasados” (n. 123).

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

Written by Salvador Carbó

12 noviembre, 2010 at 8:23

Publicado en Documentos, Fe